Me incorporo y lo miro. Está en el umbral del baño, con la luz detrás de él, casi como si fuera algo sagrado.
—¿Qué más podrías decirme? —pregunto.
—¿Estás embarazada?
Sin pensarlo, digo:
—No.
—Renata…
—No lo estoy. Tenías razón, lo que sentí no era nada.
Vuelve a encender la luz del dormitorio, y parpadeo, molesta. Se acerca a la cama mientras dice:
—Mi madre mencionó cosas interesantes. Lo insinuó. ¿Le dijiste que estás embarazada?
—Dios, Dante, ¿puedes dejarlo ya? No necesito que me grites de nuevo acerca de cómo no estoy embarazada. No le dije eso; no sé a qué se refería. Tenías razón, no estoy embarazada. ¿Cuántas veces...