—¡Ya sé! ¡Estaré de vuelta para la cena!
Me pongo rápidamente la chaqueta y subo la mochila a mis hombros. La abuela entra en la sala principal con un paraguas y me lo entrega.
—Gracias —sonrío y lo tomo.
—Siempre lo olvidas. Llevas un mes aquí y… ¿cuántas veces ha sido ya? ¿Te ha sorprendido la lluvia unas diez? ¿Quince veces?
Frunzo el ceño.
—No es cierto. No más de diez.
—Está bien, está bien. Recuerda despedirte de tu madre.
—¿En el porche? —verifico, y la abuela asiente.
Encuentro a mi madre con una manta sobre los hombros y la laptop en su regazo, la pantalla y sus muchos colores...