—¿Estás lista para tu primer día en la Academia de Waindale, querida? —pregunta la abuela mientras entro a la cocina con mi elegante uniforme nuevo. Me siento a la mesa y ella coloca un plato frente a mí—. ¿Qué te gustaría? ¿Algo especial para tu primer día?
—No puedo comer. Me siento mal —le digo—. Si como, tal vez vomite.
—¿Qué? ¿Qué te pasa? ¿Te dio la gripe? Quizá no deberías ir a la escuela hoy, Renata, no si vas a estar enferma.
—No, no —murmuro—. Tengo que ir. Solo que no puedo comer. La idea de hacerlo me hace doler el estómago.
La abuela suspira.
—Ay, Dios mío. ¿Llevarás...