Mientras los chicos me tocan suavemente y me llevan hacia la puerta, él dice:
—Déjenla. Olvídenlo.
Los observo pasar a mi alrededor y salir por la puerta. Su obediencia despierta mi curiosidad.
La luz del sol se filtra a través de las ventanas, atravesando las nubes que se disipan y reposando en su rostro. ¿Sería tonto decir que brilla bajo la luz del sol? ¿O acaso mi mente está atrapada en fantasías ficticias y no en esta realidad? De cualquier forma, sobrenatural o no, él me mira, espera que diga algo, pero nada sale de mis labios.
—No tienes permitido estar aquí, Renata —dice. Mi estómago se revuelve por dentro....