Dante respira hondo y me abraza aún más fuerte.
—No vuelvas a hacer eso nunca más. No desaparezcas del rostro de la tierra. Ni siquiera pude sentirte más; era como si ya no existieras. ¿Dónde estabas? Él te llevó, ¿verdad? ¿Y qué fue eso? ¿Cómo lograste transformarte? ¿Él te hizo eso? ¿Te convirtió en una de nosotras?
—Es complicado.
—¿Estás bien? ¿Y el bebé?
Me alejo lentamente.
—Quiero ir a casa. Estoy cansada y tengo hambre, y—Dios, hay renegados en las montañas, Dante. Tienes que ir a detenerlos.
—¿De qué hablas?
—Tenemos que apurarnos. Te lo explicaré adentro —digo mientras lo jalo para seguir moviéndonos.
Dante me lleva a casa...