Su agarre en mi mano se aprieta como si intentara evitar que escapara.
—Significa que quieren conocerte lo antes posible. No podía dejar que se enteraran por otra persona. Tenía que hacerlo.
—¿Cuándo? —pregunto, tratando de no mostrar miedo.
—Inmediatamente. He venido a buscarte, a llevarte con ellos.
Esta vez me detengo. Mis ojos permanecen fijos en él.
—Renata, no pueden hacer nada. Mi padre ya ha renunciado formalmente. La ceremonia es en unos días.
—¿Y qué? ¿No pueden mantener el puesto de Alfa sobre tu cabeza? ¿No pueden usarlo en tu contra si no me dejas?
—Voy a ser Alfa. Nadie más puede ocupar el puesto —me dice—. Cuando...