Al día siguiente, aguardé impaciente la llamada de Chris. Sin embargo, al no tener noticias suyas después del mediodía, no me quedó más remedio que volver a llamarlo, pero el muchacho no se encontraba.
«¡Estúpido!», me dije a mí mismo, por no haberle pedido su número de móvil.
¡¿Dónde demonios tenía la cabeza?!
Ya entrada la tarde en Londres, mi móvil repicó, y al ver el número que aparecía en la pantalla, tuve la esperanza de que se tratara del chico o en el mejor de los casos, de la propia Samanta.
—¿Hola?
—Soy yo, señor Jones —era Chris.
—Hola, muchacho. ¿Pudiste hacer lo que te pedí? —indagué con impaciencia...