Chapter 2 Mi tío celoso

Chapter 2 Mi tío celoso

SAMANTA

La mañana había trascurrido agitada, en tanto, mi mejor amiga hacía todo su esfuerzo por escoger un bonito vestido para mí, cosa difícil de encontrar en mi armario por los celos excesivos de mi tío, quien fiscalizaba siempre mi atuendo antes de que saliera, a pesar de mi edad.

Era absurdo, mas esa era una de las reglas que debía cumplir para vivir con él. Sin embargo, había pasado tanto tiempo desde la muerte de mis padres y la partida de mis abuelos, que mi tío John se convirtió en mi pilar y mi techo, siendo la única persona a la que deseaba jamás decepcionar, tanto que llevaba la misma carrera que él y hasta trabajaba en la misma oficina. Así que, cumplir con sus reglas no era cosa con la que no pudiera lidiar.

«Algún día, pequeña, tú serás la dueña de todo esto, y debes estar preparada», había mencionado tantas veces refiriéndose a la empresa familiar, que terminé por hacerme la idea de que tenía el destino trazado y el futuro arreglado.

Pensaba en lo feliz que se pondría cuando le comunicara mi intención de aceptar la propuesta de Frank. Sabía que haría una fiesta con todas las letras.

—¡Tu armario es un asco, Sam! —Se quejó Linda sin remedio, trayéndome a cuenta de mis pensamientos—. ¡¿Cómo es posible que solo esté lleno de trajes aburridos y vaqueros?! ¡No tienes un solo vestido decente para asistir a la gala de esta noche! —Reí por su dramatismo.

—Sabes que a mi tío no le gusta que vista demasiado provocativa. —Me crucé de brazos.

—¡Esa no es excusa! Él ni siquiera está aquí durante gran parte del día, y apuesto a que es un ogro en todos los sentidos. Es increíble que en los tres años que tengo de venir a tu casa, nunca lo pude conocer.

—Es un hombre muy ocupado y no es un ogro; es demasiado apuesto para su propio bien —dije sugerente. Enarqué una ceja y ella negó.

—Ver para creer, Sam. Lo que importa en estos momentos es que no tienes nada que ponerte. Ahora mismo, saldremos de compras. —Tiró de mí sin siquiera permitirme protestar.

De inmediato fuimos al centro comercial Copley Place, donde rezongué como chiquilla, mientras Linda escogía prendas demasiado reveladoras para el gusto de mi tío y que no me conformaban, hasta que vi un precioso vestido negro con trasparencias delicadas y finas terminaciones.

Fui directo a él y sin probármelo, le pedí a la dependienta que me lo pusiera para llevar.

Linda asintió conforme.

Comimos algo en un pequeño restaurante que nos quedaba de camino y luego cada una siguió su propio rumbo.

En la noche, terminaba de arreglarme para acompañar a mi tío a una gala benéfica, a la que prometió asistir. Siempre hacía de su acompañante cuando se cansaba de sus novias de turno, y esa noche no sería la excepción.

No tomé muy en cuenta su advertencia recurrente en cuanto a mi atuendo y, por primera vez, me vestí con algo que yo misma escogí a gusto.

Mientras secaba mi cuerpo desnudo, delante del espejo de cuerpo entero que tenía en mi habitación, no podía evitar imaginar esas manos que en la mañana habían recorrido con sensualidad mi piel, aunque fuera solo un tonto sueño húmedo, como bien mencionó Linda.

Cerré mis ojos e intenté darle un rostro a aquellos zafiros que me veían con deseo —cada noche— en mis sueños. Suspiré con resignación, imaginando que, lo que ocurría cada vez que cerraba mis párpados, jamás se haría realidad.

—Tu realidad, Sam, se llama Frank Müller; un muchacho demasiado apuesto, atento, cariñoso y locamente enamorado de ti, que te ha propuesto matrimonio. No lo olvides —le hablé a mi reflejo, para que no se me olvidara por un tonto sueño y un hombre que tal vez solo existía en mi imaginación.

Tomé la cajita de terciopelo negro en la que guardaba la sortija que me había entregado Frank, junto con su propuesta. La abrí despacio y, con algo de pesar, me lo deslicé por el dedo anular izquierdo.

Mi decisión estaba tomada.

—Pequeña, ¡se nos hace tarde! —gritó mi tío del otro lado de la puerta.

—¡Ya casi estoy lista! —respondí. Me di un último vistazo en el espejo y tomé el pequeño ridículo que hacía juego con mi vestido. Estaba segura de que daría el grito al cielo, cuando me viera vestida de esta manera.

Al salir, mi tío estaba de espaldas y no sintió mi presencia.

—Ya estoy lista, tío. ¿Nos podemos ir? —pregunté con la voz temblorosa por la reacción que pudiera tener.

—Claro, pequeña —contestó sin dejar de teclear en su móvil—. Solo déjame enviar un correo y... —Levantó lentamente el rostro y se quedó sin habla, al verme ataviada en aquel vestido demasiado revelador y provocativo—. ¡¿Pero qué es esto, Samanta?! —bramó furioso—. ¡Te dejé bien claro, que nunca quería exponerte delante de toda esa gente! ¡Y mira! —me señaló de arriba abajo—. Lo primero que provocarás, es que me mate a golpes con el que quiera sobrepasarse contigo. —Se masajeó las sienes y miró su reloj—. Llamaré y diré que no podré asistir. De ninguna manera te llevaré conmigo, vestida de esa manera —sentenció rojo de la ira. No obstante, me armé de valor para enfrentarlo.

—¡Por favor, tío! —De verdad era un exagerado—. Confía en mí. Ya tengo veintiún años y sé perfectamente cómo poner en su lugar a las personas —reproché con seguridad.

Suspiró, elevando el rostro al techo y acercándose a mí, despacio.

—Por Dios, Sam. ¿Por qué me haces esto, pequeña? —inquirió preocupado—. Sabes perfectamente que en el mundo donde nos movemos, los hombres poderosos acostumbran a tener todo lo que desean, y si te desean a ti, harán hasta lo imposible por tenerte. —Me tomó de las manos y me vio a los ojos—. Mi pequeña, eres demasiado ingenua. ¿Aún no te das cuenta de que eres una mujer demasiado hermosa y de lo que provocas en los hombres? —Aquello causó que se removiera algo en mi pecho.

—Confía en mí, tío John —respondí—. ¿Acaso no seré yo, quien te suceda en la empresa? —interrogué, recordándole sus propias palabras—. ¿Cómo haré que me respeten si siempre me estás sobreprotegiendo y no dejas que yo misma les deje en claro, que con un Richmond no se juega?

—¿Estás segura de que eres capaz de hacerlo, Sam? ¿Estás segura que los lujos, el dinero y el poder, no harán que aceptes ninguna propuesta indecente?

—Muy segura —contesté con convicción. Mi tío cedería—. Además, eso se vería muy mal en una mujer comprometida con el hijo de Francesco Müller —repliqué en tono divertido. Le enseñé la sortija que llevaba en mi dedo anular y me vio, sorprendido.

—No me digas… ¿no me digas que Frank te propuso matrimonio? —Asentí y se abalanzó sobre mí, feliz por la buena nueva—. ¡Por Dios, pequeña, esa es una gran noticia! Frank es un chico con suerte.

—Realmente lo es… —concedí divertida.

—¡Me acompañarás! —sentenció por fin, con el mejor humor que le había visto jamás—. Nadie se atrevería a posar sus ojos en la prometida del hijo de Müller.

Solo asentí, dándole la razón, mientras por dentro sentía una rara sensación de agobio.

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