Chapter 1 Sueño caliente

Chapter 1 Sueño caliente

SAMANTA

Boston, Massachusetts

¡Fuego!

Mi cuerpo ardía y temblaba a la vez.

Esos ojos… esos ojos que me taladraban y causaban espasmos que nunca había experimentado; espasmos de placer, de tortura exquisita y un vaivén de emociones que jamás había vivido.

Un tacto que quemaba con cada roce, unas manos firmes que conducían a mi cuerpo al delirio del placer.

—¡Ahhh! —gemí ansiosa al sentir unos dedos adentrarse entre mis muslos, palpando mi sexo que estaba insólitamente mojado.

Mi cuerpo parecía pegado a la cama, amarrado con hilos invisibles que me impedían moverme para verlo a la cara. Mi rostro, recostado de lado sobre la almohada de plumas y fundas blancas, deseaba con fervor poder voltear para que sus ojos se fundieran con los míos de nuevo. Estaba rendida, bocabajo, con las manos enlazadas al cabezal del lecho, suplicando por más.

Sus dedos dejaron de torturarme en mi punto y subieron de modo sensual por mi espalda, hundiéndose en mi cuello, enredando a su mano mi cabellera azabache, en tanto jalaba y metía un par de dedos en mi boca.

—¡Dios! —grité—. ¿Quién eres? —pregunté extasiada.

—Shhh… —fue su respuesta.

Sus dedos entraban y salían de mi boca con cuidado, humedeciendo mis labios de vez en vez.

Él disfrutaba, gozaba al convertirme en una mansa gatita al ritmo de sus manos y las caricias que dibujaba sobre mi piel.

¡Frío!

De repente, un frío inexplicable invadió mi cuerpo y, como la niebla, se esfumó aquel hombre. Solo su mirada de un color zafiro salvaje quedó como evidencia en mis recuerdos, de que estuvo aquí.

Ahogo.

Por Dios. ¡Me estaba ahogando!

Un hondo suspiro precedió a la abertura de mis párpados. Mis labios se entreabrieron para emitir un grito ensordecedor y escuché enseguida las carcajadas de alguien que conocía a la perfección.

—¡Oh! —Respiré hondo y me incorporé de la cama, frotándome el rostro—. Pero ¡¿qué te sucede?! —Le reclamé. La rubia que estaba sentada a unos metros de mí, seguía riendo a mi costa—. No es gracioso, Linda. ¡Pudiste haberme ahogado!

—¡No lo creo! —replicó, al mismo tiempo que secaba las lágrimas que le causaron las risas—. Es más; creo que necesitas ser arrojada a una alberca para que puedas recuperarte de ese sueño demasiado húmedo que estabas teniendo.

—Tú y tus bromas. Un día de estos, de verdad me matarás. —Caminé hacia el tocador para secarme el rostro.

—¡Vamos! Fue una simple broma. —Me siguió y se recostó en el marco de la puerta—. Mejor dime, ¿qué estabas soñando y con quién…? —susurró, provocativa, y me sonrojé.

—Con nadie, Linda. Ni siquiera recuerdo qué soñaba —mentí.

Más bien, falseé a medias, porque recordaba a la perfección el sueño que acababa de tener, pero en absoluto conocía la identidad del hombre de ojos hipnóticos, que me ha perseguido de forma constante estos últimos dos meses en mis sueños.

—¿Tal vez con Frank?

La sola mención del nombre de mi novio, puso mis pies en la tierra de nuevo.

—No lo recuerdo, Linda. Tal vez era Frank —repliqué nerviosa.

—Está bien. Si no quieres decirme, ya no te molestaré. —Me sentí un tanto culpable. Linda era mi mejor amiga y nunca nos ocultábamos nada.

Suspiré profundo y tiré de su mano para que ambas tomáramos asiento en el borde de la cama.

—Te lo diré, pero no te burles de mí —advertí y asintió—. Desde hace un par de meses, tengo sueños… digamos eróticos y demasiados recurrentes, en los que alguien hace de mi cuerpo lo que se le place. —Se cubrió la boca queriendo reír y yo quise hacer lo mismo—. Sin embargo, siempre que intento ver su rostro, desaparece, y no sé de quién se trata. Quizás, seguir siendo virgen a mis veintiún años, está alborotando demasiado a mis hormonas. —Caí de espaldas sobre el lecho entre bufidos.

—Esa es una decisión personal, Sam. Son tus ideales y no deberías cambiarlos por nada ni nadie. ¡Ni siquiera por un tonto sueño húmedo!

—¿Tú crees?

Linda se recostó a mi lado.

—Estoy segura de que, si es lo que sientes, está bien.

—No sé qué responderle a Frank… —susurré apenas, haciendo alusión a su propuesta de matrimonio—. Hemos salido por casi dos años, y él cree que es el momento oportuno para un compromiso, ya que su padre le cederá el mando de la compañía en unos meses.

—Sam, si no estás segura de que Frank es el indicado, no tienes por qué aceptar su propuesta de matrimonio. ¿No puedes decirle, simplemente, que quieres esperar un poco más? Aún falta un año para que termines tu carrera, y puedes utilizar esa excusa para pensar en el paso que deseas dar.

—Todos esperan que nos casemos; mi tío John, sus padres… Además, sé perfectamente que nadie me interesará como para darle más vueltas al asunto.

—¿De verdad no existe ninguna posibilidad, de que te enamores de otro hombre? —indagó con seriedad y mi pecho se detuvo. Vislumbré con fijeza el techo de mi habitación y oí en la lejanía sus palabras—. ¿En serio crees que jamás te enamorarás, Samanta Richmond? Porque si de algo estoy segura, es que no amas a Frank.

Enamorarme…

Esa simple palabra solo me hacía pensar en él y solo me llevaba a un viaje de recuerdos con los que mucho tiempo luché para arrancarlos de mi corazón y mi memoria.

Todavía recuerdo como si hubiera sido ayer el primer día que lo vi… hace más de trece años. Apenas era una niña de ocho que perdió a sus padres en un trágico accidente, quedando bajo el cuidado de sus abuelos y su único tío.

Él, conmovido por mi pérdida y siendo el mejor amigo de quien consideraba mi padre desde nuestra desgracia familiar, siempre buscaba sacarme una sonrisa para hacerme feliz. Por aquellos detalles, quise creer que Richard Jones sería mi príncipe azul alguna vez, cuando creciera lo suficiente. No obstante, los años pasaron y la vida fue trazando su camino, pero lejos de mí.

Sin embargo, aquello no fue suficiente para que me quitara esas ideas estúpidas e infantiles de la cabeza. A ciencia cierta, creí que alguna vez, él sería mi «felices para siempre».

Ya cuando cumplí los catorce años y estaba segura de que mis sentimientos eran demasiado reales como para darle la razón a mi tío John, quien insistía que se trataba de un amor platónico que se me pasaría al conocer chicos de mi edad, Rick se casó y desapareció de nuestras vidas para siempre. Al menos de la mía, porque sabía que con mi tío mantuvo contacto, aunque él nunca lo mencionara.

Sacudí la cabeza e intenté arrancar —de nuevo— su nombre de mi memoria y hacer lo menos evidente posible para mi propio corazón, en el que aún existían resquicios de aquellos absurdos sentimientos.

Lo mejor sería tomar una decisión razonable en cuanto a la propuesta de Frank, y aceptarlo resultaba lo más sensato.

—¿Sam? ¿Me estás escuchando? —Linda pasó sus dedos delante de mis ojos. Parpadeé y regresé a la realidad.

—Lo siento. Creo que lo mejor para mí y para todos… es aceptar su propuesta. Solo estaría perdiendo mi tiempo al esperar algo que nunca ocurrirá —murmuré más para mí que para ella.

—¿A qué te refieres con perder tu tiempo por algo que nunca ocurrirá? —curioseó.

Solo negué.

—En volver a enamorarme, Linda. ¡Eso nunca ocurrirá! —dije sin querer.

Ella me vio, sorprendida.

—¡¿Eso quiere decir que te has enamorado?! —increpó con absoluta incredulidad.

—No fue lo que quise decir… —corregí de inmediato, pero fue en vano.

—¡Oh, sí! Fue exactamente lo que dijiste.

—Linda, es algo complicado y demasiado estúpido como para mencionarlo. Pasó hace mucho tiempo, cuando ni siquiera sabía lo que significaba enamorarse. Fue más como una admiración exagerada, que otra cosa —traté de explicar para que me dejara de cuestionar.

—Creo que lo que perturba tus pensamientos y te hace dudar, es precisamente ese algo o alguien.

—Mejor dejemos de hablar de esas cosas y elígeme un vestido para esta noche. Sabes que soy pésima en eso. —Me puse de pie, caminé hacia el vestidor y Linda me siguió.

—Está bien, pero esta conversación no ha terminado —advirtió al señalarme con un dedo.

¡Qué manera de comenzar el día!

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