SAMANTA
Llegando a la fiesta, numerosos periodistas estaban agolpados en la entrada del evento y posamos muy sonrientes para ellos. A cada paso que dábamos, llovían los elogios para mí, pero mi tío cortaba cualquier tipo de adulación sin mencionar que era su sobrina.
Llevaba puesto un vestido largo de color negro con mangas, provisto de trasparencias por entero, el cual cubría solo lo justo. El escote delantero llegaba hasta casi el ombligo y el largor de la falda tocaba el piso. Sin embargo, tenía un tajo profundo que dejaba ver una de mis piernas. La tela transparente se camuflaba con piedras incrustadas. El pelo me lo sujeté en una cola baja y como accesorio, llevaba un collar y unos pendientes que hacían juego con mi atuendo.
Por primera vez me miraba preciosa, sexy, y sentía con cada cumplido que destilaba sensualidad por donde pasaba. Oía el murmullo de los hombres, preguntándose quién era yo, y el de las mujeres elogiando mi vestido.
La noche pasó, mientras trataba asuntos de negocios con los demás invitados que eran socios comerciales de Richmond Innovation Group, una de las empresas de bienes raíces más prósperas del país, que contaba con innumerables propiedades, entre ellas almacenes, centros comerciales y hoteles cinco estrellas en diferentes puntos del mundo.
—John —escuché de fondo.
Él se disculpó, dejándome en compañía de las personas con las que estábamos conversando acerca de sus hoteles, pero, por el tono demasiado alto de voz que utilizaba la mujer rubia y atractiva que lo había llamado, fue imposible que no me volteara a verla, y más aún al comprender que se dirigía a mí.
—No sabía que a John le gustaban las niñas de kínder —lanzó con malicia.
—¿Disculpe? —pregunté confundida. De inmediato pude reconocerla como la tía de mi mejor amiga.
—Jennifer... —oí la voz de mi tío detrás de ella.
—Le estaba diciendo a tu amante, que no sabía sobre tus gustos hacia personas mucho menores que tú. —Mis ojos se abrieron al oír su insinuación.
—No te permito que te refieras a ella de esa manera. —John masculló entre dientes, para que nadie se diera cuenta del espectáculo que la tía de Linda estaba dando—. Estás ebria.
—Piensa lo que quieras. Ahora comprendo por qué no querías comprometerte —replicó la mujer, en tanto tragaba saliva y sus ojos comenzaban a tener un brillo melancólico.
—Tío... —Quise intervenir, pero John me silenció con la mirada. Sin embargo, pude escuchar la respuesta a aquel reclamo.
—Fuiste tú, quien no quiso esperar.
La mujer iba a continuar con la discusión, pero una voz la interrumpió a tiempo.
—Disculpen a mi tía, yo me encargaré… —dijo una rubia muy parecida a ella, tomándola por el brazo y tratando de llevársela.
De inmediato comprendí que se trataba de Linda y se veía endiabladamente bella.
—Linda… —dije sonriente.
Ella me observó, asombrada.
—Samanta, ¡por Dios! Te ves estupenda. —Me escrutó de pies a cabeza con aprobación—. Mírate; no te reconocí.
—No exageres y ven… —La tiré del brazo hasta llegar frente a John—. Te presentaré a mi tío de una vez por todas. Tío John —llamé su atención y de inmediato se volteó—, quiero presentarte a Linda, una compañera de la universidad y mi mejor amiga. —Pude notar cómo vio a Linda con sorpresa—. Linda, él es el famoso tío John. Después de tres años, al fin los puedo presentar —comenté, entusiasmada.
—Un gusto conocerlo, señor —exclamó Linda, nerviosa y extraña, estirando la mano a modo de saludo.
—El placer es todo mío, Linda. —John agarró su mano y la mantuvo, más de lo debido, entre la suya.
—¿También vas a coquetear con mi sobrina? —intervino de nuevo aquella mujer.
Linda de inmediato se deshizo del agarre de John y se dirigió a su tía.
—Mejor vamos, te llevaré a casa. —Le restó importancia a las palabras de su tía y caminaron hacia la salida. Jennifer se tambaleaba y Linda la sostenía como podía.
La vi con pena, porque comprendí que había sido algo importante en la vida de John y que quedaron heridas abiertas que aún no sanaban.
Después del incidente, pasamos casi toda la noche conversando con empresarios, y John no perdía oportunidad para promocionar su negocio. Cuando ya estábamos a punto de marcharnos, una voz nos interrumpió y mi corazón comenzó a palpitar exageradamente, aun sin saber de quién se trataba.
—John, amigo, ¡tanto tiempo! —Mi tío estaba de pie frente a mí, y sonrió cuando vio al dueño de aquella voz.
Mi cuerpo se paralizó y no me volteé.
No quería confirmar lo que sospechaba. Era absurdo, estúpido y patético lo que me imaginaba. Mi tío avanzó, pasando por mi lado, y escuché cómo se saludaba eufóricamente con el dueño de dicha voz. Lo único que deseaba, era desaparecer en ese mismo instante al sentir cómo mi estómago se cerraba y la piel se me erizaba.
Con la respiración errática y mi pulso acelerado, solo cerré los ojos antes de voltearme y supliqué en mis adentros lo siguiente:
«Por favor, no, que no sea él…».