Chapter 4 Ella es Samanta

Chapter 4 Ella es Samanta

RICHARD (RICK)

En medio de una crisis de llanto de Erín, tomé aquel avión en el aeropuerto de Londres. Emily, mi ex esposa, había manipulado a mi pequeña hija para que llorara a mares y la culpa no me dejara partir.

Apenas había salido la sentencia del divorcio y era oficial; estaba soltero legalmente, aunque desde hace dos años vivíamos separados. Cada quien hacía su vida a su modo.

Las cosas entre Emily y yo no resultaron desde un principio, así que, no quería siquiera pensar en la idea de volver a tener a alguien en mi vida de una manera formal, a pesar de tener tan solo treinta y cuatro años.

Llegué a Boston renovado por completo, sintiéndome liberado de una vida a la que mucho tiempo me até por mi pequeña, pero en la que ya me sentía ahogado, asfixiado por tener a Emily respirándome en la nuca. Además, la oferta de negocios de mi mejor amigo era demasiado buena como para no aceptarla.

De inmediato fui al ático lujoso que había adquirido esa semana. Me desabotoné la camisa y me metí al jacuzzi que estaba ubicado en la terraza de la habitación principal. No miré las demás recámaras; solo quería relajarme.

Al salir, me envolví con una toalla y le envié un texto a mi mejor amigo, quien ni corto ni perezoso me invitó a una gala benéfica, donde se reunirían los empresarios más importantes de la ciudad. Quizás, encontraría alguna bella gatita con quien jugar esta noche. No estaría nada mal si aquello ocurría.

Mi nueva casa estaba perfectamente acondicionada. A la asistente, que contraté desde Londres, le había indicado que necesitaba un guardarropa completo con trajes de mi talla y algún que otro atuendo informal.

Escogí un traje negro de Armani que me quedó a la perfección. Me di un vistazo en el espejo del armario y me gustó lo que devolvió mi reflejo.

Mi coche ya aguardaba por mí en el garaje, y sería una delicia pisar el acelerador y sentir aquella brisa fresca bostoniana que hace tiempo no disfrutaba. El lugar donde se llevaba a cabo la gala, no quedaba demasiado lejos y de inmediato conseguí compañía: una bella rubia que me presentó a varios hombres que robaron mi atención toda la noche.

A John no lo vi, pero de lejos pude visualizar una pequeña escena que no pasó desapercibida para nadie; tal vez, una riña de enamorados. Sin embargo, al posar mis ojos en aquella dirección, me encontré con la creación más fascinante que había presenciado en mi vida.

Una mujer exquisita con un elegante pero sinuoso vestido negro, conversaba con unos hombres mucho mayores. No la perdí de vista en lo que pude y poco a poco, traté de acercarme, hasta que vi unas manos enrollarse a su cintura y al hombre que lo hacía.

Era nada más y nada menos que John, mi mejor amigo.

Negué con una sonrisa y bebí el champagne que me habían servido.

Volví a repasar aquel cuerpo escultural antes de acercarme y tener que controlar mi vista por respeto a John; piernas largas y torneadas, cintura estrecha y senos de proporciones justas; piel de porcelana, cabellera azabache, labios carnosos y ojos color noche.

¡¿A quién carajos, en su sano juicio, no le gustaría aquella mujer?!

Cuando noté que al fin se habían deshecho de las personas que los rodeaban, bebí otro sorbo de mi copa y caminé con seguridad hasta ellos.

—John, amigo, ¡tanto tiempo! —musité a espaldas de la mujer que me regalaba una preciosa vista de su trasero.

Mi amigo de inmediato me devolvió el saludo. Sonrió y pasó por el lado de la bella morena que no se había movido.

—¡Qué bueno verte, Rick! Ya me estaba impacientando con tu llegada. ¿Listo para hacer negocios? —preguntó con entusiasmo y solo negué. John era una máquina de trabajo, cuya mente nunca descansaba.

—No es momento de hablar de negocios, John. ¡Déjame disfrutar al menos la velada!

—Tienes razón. Mejor ven, quiero presentarte a alguien. —Fue hacia aquella endiabladamente sensual mujer—. Sam —dijo John, resultándome familiar el nombre—, ven. Quiero que saludes a alguien.

Ella, que parecía con los pies pegados al piso, no tuvo más remedio que voltearse y mis ojos se encontraron con aquellas tinieblas que amenazaban con embrujarme.

Sin embargo, a la dama parecía no agradarle demasiado que John le pidiera acercarse hasta nosotros. Por un momento, creí que nos conocíamos de algún lado, dada la expresión de sorpresa que se dibujó en su rostro cuando nuestras miradas se encontraron, pero de inmediato descarté la posibilidad. Jamás se me olvidaría una mujer como ella.

—Veo que no has perdido la costumbre. Siempre rodeado de mujeres hermosas. —No pude evitar mencionarlo, y creí ver cierto rubor en las mejillas de la muchacha.

Cuando estuvo frente a mí, en sus labios se formó una sonrisa demasiado forzada, como si se obligara a verme a la cara. No sentía rechazo de su parte, pero sí cierta incomodidad y nervios.

John, al parecer, no se dio cuenta de la actitud de su acompañante y solo siguió hablando como si nada.

—Te presento a la mujer más hermosa del mundo —presentó bastante orgulloso, provocando un rubor aún más intenso en el rostro de aquella belleza que no podía dejar de observar.

Estaba intrigado; algo me resultaba familiar.

—Te envidio —dije con sinceridad. Me llevé la copa a la boca y sorbí con lentitud el líquido que se perdía en mi garganta—. Tú siempre te quedas con las mejores.

La expresión de horror de la muchacha, me desconcertó, y la divertida de John, me descolocó.

—¡Por Dios, amigo! No es lo que imaginas. —Se apresuró a corregir, sin imaginar siquiera lo que diría a continuación—: Ella es Samanta, mi sobrina —explicó con naturalidad, dejándome anonadado y sin poder hablar por unos segundos en los que tardé en procesar esa inesperada revelación.

—¿Samanta? —pregunté sorprendido—. ¿La pequeña Sam? —volví a indagar. John asintió, orgulloso—. Guau… —sacudí la cabeza, mientras tragaba con fuerza—. Está… diferente —fue lo único que pude decir, ya que no encontraba las palabras adecuadas para referirme a la Sam que tenía en frente, sin sonar como un pervertido.

La mujer que tenía delante, no se parecía en absoluto a la pequeña de coletas que no nos dejaba en paz cuando éramos solo unos muchachos, porque, según John, la niña me idolatraba.

La escudriñé de pies a cabeza, pero ella no articuló palabra alguna.

—Ciertamente, Rick —aseveró John—. Siempre fue preciosa, pero ahora lo es aún más. —Se acercó a Sam, la abrazó por los hombros y le habló—: ¿Te acuerdas de Rick, pequeña? —cuestionó mi amigo como si se tratara de una niña.

Ella simplemente asintió con la cabeza, para luego responderle apenas:

—Sí, tío, lo recuerdo. ¿Cómo estás, Rick? —Se dirigió a mí.

Me tomó por sorpresa; no había rastros de aquella dulce niña que conocí de joven, y no me inmuté en admirar la belleza que adquirió la sobrina de mi amigo.

Después de más de diez años, la volvía a ver, y convertida en una mujer preciosa.

—Bien, Samanta —respondí, aún obnubilado por la belleza que tenía en frente—, pero no mejor que tú —proseguí con suavidad y noté que volvía a ruborizarse—. ¿Qué edad tienes? ¿Veinte? —Me encontré preguntando con suma curiosidad, pensando si me consideraría muy viejo.

Pero ¡¿qué carajos cavilaba?! Tal vez, mi divorcio me hacía pensar estupideces.

—Veintiuno —respondió, y me regocijé por dentro.

Ya no era una niña y no iría preso si me fijaba en ella.

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