SAMANTA
El viernes llegó y decidí que, aunque Frank no podía acompañarme a la fiesta de Linda, iría de todas maneras por dos razones: la primera era que Linda siempre se había portado muy bien conmigo. Desde el principio fue una muy buena amiga y no le podía hacer ese desaire, aunque sabía que entendería si no asistía. Y segundo: quedarme en casa sin hacer nada sería torturarme pensando toda la noche en el dueño de aquellos ojos hipnóticos, que —ahora ya no tenía dudas— eran los mismos de aquel desconocido que me asechaba en mis sueños.
Aunque me pesara reconocerlo, Rick se colaba de nuevo en mis pensamientos y...