Chapter 6 Me atormenta su presencia

Chapter 6 Me atormenta su presencia

SAMANTA

Me levanté ese día con unas tremendas ojeras, pues no concilié para nada el sueño. Volver a ver a Rick, me había afectado demasiado, tanto, que estaba muy sorprendida porque creí que era algo del pasado; algo insulso que no podría sacudir mi interior como cuando era una simple adolescente.

Necesitaba olvidar ese estúpido amor de infancia, o perdería algo más que la cordura en presencia de ese hombre ya maduro y, para qué negar, demasiado sensual. Con el simple halo de su voz y la evidente experiencia que destilaba por cada poro de su piel, alborotó —sin dudas— mis hormonas como nunca las había sentido.

Como una tonta quinceañera, marqué de inmediato el número de Frank y lo invité a almorzar para, por lo menos, tener la excusa de no dejar caer la baba por Rick.

«¡Tonta! ¡Eres una completa tonta, Sam!», me reprendí, tirando de mis cabellos como si estuviera loca.

¿Qué haría cuando lo tuviera de nuevo delante de mí?

Tal vez, él ni siquiera me tomó en cuenta —por demás—, y a juzgar por sus palabras, tampoco había recordado quién era.

«¡Estúpido Rick, estúpida yo y mi tonto corazón!», seguí reprochándome mentalmente, dando vueltas en la habitación.

Lo mejor era tratar de evitarlo, y luego de la comida, convencer a Frank para salir de aquí con cualquier pretexto.

Sabía que era ridículo mi comportamiento, pero ante el avasallante impacto que causó en mí, reencontrarme nuevamente con él, no quería arriesgarme a nada.

Lo mejor para todos, era decirle a Frank que aceptaba casarme con él, porque, aunque asumí ante mi tío que acepté su propuesta, la realidad era que aún no le había comunicado acerca de mi decisión. Además, sin dudas, Frank era el hombre adecuado para mí y me amaba de una manera que sería difícil que alguien más lo hiciera. Pese a que yo solo lo quería, estaba segura que con el tiempo, lograría amarlo y olvidaría ese sentimiento absurdo, que sentía por ese hombre que volvió a aparecer después de tanto tiempo.

Negué con la cabeza y suspiré con resignación. Me adentré al tocador para darme una ducha y esperar a que todo sucediera rápido.

Frank llegó, como siempre, puntual, y ambos nos acomodamos en el salón principal, donde escogimos una película para verla mientras el almuerzo estaba listo.

A decir verdad, ni siquiera entendía lo que mis ojos miraban. Mi cabeza estaba llena de estúpidos pensamientos que no me llevaban más que a aquellos ojos de un color tan inusual, que podían hipnotizar a cualquiera. No podía evitar compararlos con los iris del desconocido que me acechaba en mis sueños.

¿Aquello habría sido una especie de presagio para mí?

Tal vez, mis instintos ya percibían su presencia, aunque yo no lo supiera.

¡Hasta en mis pensamientos sonaba patética!

—¿Sucede algo, Sam? —habló Frank y volví a mi realidad. Asentí y compuse una sonrisa—. ¿Estás segura? —insistió mi dulce novio.

Agarré su mano.

—Estoy segura, Frank. —Le di un beso suave en los labios.

De pronto, oí unos pasos y rompimos el beso para ver a mi tío John acercarse, inusualmente feliz.

—¡Querido sobrino, qué gusto verte! —saludó.

—John, qué bueno verte —respondió Frank.

Se puso de pie y extendió la mano hacia él. Sin embargo, mi tío le dio un abrazo efusivo y palmeó su espalda.

—¡Enhorabuena, Frank! —continuó, demasiado exaltado—. Sam me contó que están comprometidos al fin, muchacho.

Al oírlo, casi me caigo de espaldas y comencé a toser por la sorpresa de sus palabras, mientras Frank me veía inquisitivo. Yo aún no le había dado una respuesta y sabía que él no quería presionarme. Sin embargo, debía asumir de una vez por todas, aquel compromiso.

—En realidad, dijo que pensaría en mi propuesta… —dijo él. Me contempló y aguardó por mi respuesta, mientras yo seguía sentada en el sillón, sin moverme—. Pero, si te ha dicho que sí a ti, asumo que su respuesta será la que tanto he deseado escuchar.

Esta vez, sentí dos pares de ojos —de tan distintos matices— clavados en mí, esperando que reaccionara y comenzara a mover la lengua.

—Yo…

—John… —escuché la voz rígida de Rick, cuando ingresó al salón detrás de mi tío—. No deberías presionarla. Deja que tome sus decisiones sin dejarse influenciar por lo que esperas de ella.

Rick ni siquiera titubeó para hablar, y yo lo único que pude hacer en ese momento, fue observarlo, boquiabierta. No esperaba aquellas palabras de su parte.

Tragué con dificultad y sentí que mis piernas comenzaban a temblar, tanto, que estaba segura de que, si me ponía de pie, me fallarían.

Miré de reojo a Frank y a John, que fulminaron a Rick.

No obstante, en la mirada de mi novio podía vislumbrar un destello diferente; algo que nunca había visto en alguien tan tranquilo como él.

No quería creer que Frank estuviera celoso de Rick, ni que Rick hiciera aquello a propósito para provocarlo, como si su propósito fuese que no aceptara casarme con Frank. Mi imaginación volaba y me repetía en mis adentros que lo que pensaba, era imposible.

Al parecer, no fui la única que percibió aquella mirada profunda de Frank, ya que el tío John de inmediato le palmeó la espalda y forzó una sonrisa.

—Frank, hijo… —trató de apaciguar la situación—, déjame presentarte a Rick. —Se abrió paso, mientras Rick se acercaba sin vacilar a Frank—. Es un amigo de la infancia. Crecimos y estudiamos juntos, y cuando Sam era pequeña, siempre me ayudaba a cuidarla —enfatizó sus palabras, viéndolo con fijeza.

—Richard Jones. —Rick, sin un atisbo de culpa, extendió una mano hacia Frank, quien dudó en devolver el saludo, pero sintió la presión en los ojos del tío John y no le quedó más alternativa que responder.

Mientras, mi mirada viajaba de uno a otro, sin poderme creer que esto pasaba.

—Un gusto, señor Jones. —Frank reaccionó al fin, estrechando la mano de Rick, que sonrió con socarronería—. Francesco Müller.

En ese momento, no me quedó más remedio que erguirme al ver la actitud desafiante de Rick.

Pero, ¿qué demonios le sucedía?

Si no fuera completamente imposible, juraría que Rick y Frank parecían dos leones machos, peleando por una misma hembra.

Cuando rompieron el saludo, Rick desvió sus ojos hacia mí sin ningún pudor, y dejó vislumbrar una sonrisa de satisfacción demasiado sugerente.

—Hola, Samanta —pronunció con seguridad.

Sentí un remolino intenso instalarse en mi vientre. Oír la manera en que pronunciaba mi nombre, solo me hacía comprender que ese hombre era puro fuego y que, si no corría en la dirección opuesta a la que él se dirigía, me terminaría quemando solita.

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