Habían transcurrido dos semanas desde que me marché de Boston y me fue imposible hablar con Samanta.
Las veces que llamaba a la central de la empresa de John, la llamada directamente no entraba. Escribí a diario varios correos que nunca fueron respondidos y comencé a pensar, que todo lo que Chris me decía con frecuencia sobre ella, eran mentiras.
Para calmar la tormenta en la que comenzaba a vivir a diario, necesitaba con vehemencia decirle que la amaba, susurrarle al oído todo lo que estaba desgarrando a mi alma por tenerla lejos, que supiera que ella se había convertido en un ángel que curó todo mi pasado con su...