Soltó mis manos que fueron a parar a su cuello y luego a su espalda, mientras él seguía besándome sin compasión, como si el mundo fuera a acabarse en aquellos momentos. Sentía un intenso calor en todo mi ser, que a diferencia de lo que había musitado sobre mi boca, cada vez se volvía más intenso. Mi cuerpo estaba sumido, sometido a los arrebatos de sus deseos en esa exquisita noche, cuya luna resplandecía e iluminaba el cuarto a través de la ventana. Mi cabeza me gritaba que no tenía ningún sentido lo que estaba haciendo en aquellos momentos, pero mi corazón apartaba aquellos gritos de mi mente, replicando que...