—Rick… —susurré sobrepasada, quedándome paralizada en el asiento del coche.
Mi corazón parecía querer salir de mi pecho por los pálpitos acelerados que me causó el matiz de su voz.
Su mano tomó la perilla de la puerta del automóvil y la abrió de golpe, aferrando su tacto a mi brazo para sacarme con violencia de allí.
Las lágrimas comenzaron a asaltarme y ni siquiera tuve el valor de protestar por aquel gesto brusco de su parte. Comencé a respirar con rapidez, intentando buscar las palabras adecuadas para justificarme, pero nada podía decirle.
—¡¿Me dirás qué pasa?! —volvió a indagar, mirándome con frustración a los ojos—. Dime que no es...