—¡Casi lo matas! —vociferé aliviada, luego de comprobar que aún tenía pulso.
—Debí haberlo matado. Aún y con todo, lo sigues defendiendo —reprochó.
—Rick… —sollocé, poniéndome de pie para suplicarle una vez más que me escuchara y perdonara.
—Cuando estuviste a punto de morir, me pregunté si a la vida le gustaba reírse de mí, porque me estaba arrebatando el amor que acababa de descubrir que sentía por ti, y cuando despertaste olvidando todo, incluso a mí, supe que era de ese modo, pero que tal vez, era una señal para comenzar todo de nuevo, lejos de mi pasado, de tus problemas y sufrimiento… —inició—. Sin embargo, me equivoqué, Samanta;...