Había algo en común entre Emilia y Camille, ambas envidiaban de sobremanera la tranquilidad de su hermana menor. Incluso, aunque se hubiera casado con un hombre poco poderoso —que ahora estaba a la par por no decir más alto que sus maridos—, era feliz, Aleksander la trataba de maravilla y con solo verle el rostro, se sabía de su vida feliz.
No había nada que les purgase más que eso.
Rebecca y su cara angelical que siempre intentaba quedar como una buena persona en cada lugar, lo único cierto era que no lo intentaba o aparentaba, sino que lo era y tal vez por eso la vida le había premiado...