—¿Dónde está Aleksander, Bruno?
—¿Aleksander?
—Mi hijo, dime qué sabes del hijo que tuve con Bianca Russo, se que tu tienes toda esa información porque llevas años a mi lado y tu trabajo es monitorear todo lo que se relaciona a mi. —Al sentir la mirada de Pietro sobre él, el abogado comenzó a hablar, a decir lo poco que sabía sobre aquel hijo que el magnate había dejado a su suerte.
—Actualmente vive en Viterbo, con la hermana de su madre, recuerdo haberle dicho que Bianca murió hace muchos años debido a una pulmonía —informó—, se ha graduado con honores de la universidad Sapienza de Roma, llegó allí gracias a una beca y supo mantenerla. Ahora trabaja en un banco de asesor.
—Un trabajo corriente para alguien que lleva mi apellido.
Bruno se aclaró la garganta ante ese comentario. Pietro suspiró, tenía una idea, una muy mala o muy buena. Su esposa tendría que entenderlo porque ahora Asher estaba muerto y él tenía una empresa que salvar, aunque eso incluyera tener que presentar a su segundo hijo del que nadie en el mundo de los negocios sabía.
—Investiga donde vive y visítalo —ordenó Pietro para luego dirigirse a las escaleras, sin embargo, cuando su mano sostuvo la agarradera, volteó para mirar a Bruno—. Dile a Aleksander que su padre quiere verlo y que tal vez llegó el momento de que el mundo sepa que Asher no era el único Salvatore.
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Aleksander acondicionaba su raída corbata, apenas y había podido dormir durante la noche y cuando apenas había podido cerrar los ojos le vinieron imágenes de su hermano, como si de alguna manera buscarán atormentarle.
Él no vivía con su tía, pero siempre trataba de visitarla para comer, vivían a dos calles de distancia, así que no había excusa para no visitarla a menudo.
Al salir de la habitación encontró a Mónica dejándole el desayuno sobre la mesa. Todavía no le había contado que lo echaron del departamento y estaba más pobre que ella.
—¿Irás a trabajar?
—Tengo qué —respondió, le rugía el estómago. Solamente le quedaba el dólar para el autobús y su mediocre trabajo.
—Parece que… Asher ha muerto. Tu padre debe estar deshecho.
—¿Debo llamarlo padre? Pietro no ha estado para mí nunca tía, es lamentable que haya perdido a su hijo —murmuró para luego cortar con el tenedor un pedazo de los panqueques que su tía le había colocado delante—. Es un hombre insensible, debe estar llorando más la perdida de sus millones cuando las acciones bajaron.
—Aleksander, es tu padre, aunque te empeñes en quitarle el crédito. Si no tuvieras esa cara y hubieras sacado algo de tu madre al menos podrías negarlo, pero mírate, eres exactamente igual como Asher salvo porque sus mamás no son las mismas.
«Y porque él murió siendo millonario, pero yo moriré con hambre», pensó con tristeza.
Antes de que pudieran continuar con aquella conversación el timbre sonó haciendo que Mónica se levantara a abrir la puerta.
—Supongo que es la vecina, siempre me pide azúcar —comentó antes de desaparecer del comedor y abrir la puerta.
Era el mismo hombre que había llegado con un maletín lleno de dinero y que en nombre de Pietro le había pedido a Bianca que abortara al niño que estaba esperando, obviamente ella se había negado y tuvo al niño; el mismo hombre que regreso, esta vez para darle el apellido Salvatore al hijo de su hermana.
—¿Qué quiere? ¿Qué hace aquí?
—Hace tiempo que no la veía, Mónica Russo. —La mujer tomó aire sabiendo que aquel hombre no la buscaba a ella—. Supongo que sabe a quien busco, al señor Salvatore.
—Mi sobrino no tiene nada que ver con esa familia, dile a Pietro que lamenta la pérdida de su hijo y que por favor no le busque. ¿Cuántos años pasaron? ¿Veintiséis? No tiene nada que ver con nosotros, así que por favor márchese.
—¿Me recuerdas? Soy Bruno Costa, el abogado del señor Salvatore.
—Si, lo recuerdo, por eso pido que te vayas.
—No me iré hasta no hablar con Aleksander. Si no me deja entrar, lo esperare, en algún momento tiene que salir.
Antes de darse cuenta, Mónica tenía detrás de ella a su sobrino quien desconocía completamente la identidad del hombre que tenía delante.
Al mirarlo, Bruno no pudo evitar levantar las cejas con asombro, sí que había crecido. Tenía la estampa para los proyectos que su padre tenía en mente para él, usaba ropa corriente y barata, pero eso podía arreglarse.
—Bruno Costa —le tendió la mano cuando se dispuso a presentarse.
—Aleksander Salvatore —murmuró el joven italiano—. ¿Puedo preguntar quién es usted?
Mónica se movió nerviosa y se aclaró la garganta, para luego invitar a pasar al hombre, quien movía sus pies de manera incómoda en el umbral, como un reproche de que fueran maleducados al no permitirle entrar.
—Soy abogado de la familia Salvatore, de su padre.
Aleksander soltó una risa sarcástica que ocultó perfectamente la sorpresa de aquella visita.
—Debe estar equivocado, lo único que tengo de un Salvatore es el apellido, pero no tengo padre.
—Aleksander —lo riñó su tía haciendo al abogado sentirse incómodo al mirar la negativa. Era inaceptable que se comportara de esa manera. Sí, eran pobres pero con educación.
—Como debe de saber, el día de ayer su hermano Asher, murió de manera trágica e inesperada en un accidente de auto. Pietro considera prudente que sea usted quien ahora tome las riendas de la empresa y aprenda a manejarse en el mundo de los negocios. Como hijo de Pietro Salvatore, joven amo.
—Yo no soy tu amo —espetó Aleksander.
Había estudiado economía, sabía cómo funcionaba todo y luego de ver unas cuantas noticias en internet antes de sentarse a la mesa, sabía que las acciones de la empresa de su padre se habían desplomado.
—Parece que mi padre me considera un plato de segunda mesa, señor Costa, no tengo intensiones de ser una pieza en su tablero de ajedrez, dígale que lamento mucho la muerte de Asher, pero no iré.
—El luto no existe en los negocios.
—Debería —espetó.
Bruno sabía que si insistía ahora no obtendría nada más que un rotundo no como respuesta. Conocía el orgullo de los Salvatore y convencerlo de acompañarlo no sería tarea fácil.