—Dile a mi padre que lo haré, pero solo si me garantiza que obtendré lo que necesito.
—Lo que sea, te dará lo que sea, siempre y cuando juegues el papel. —La voz de Bruno sonó sorprendida pero no le hizo preguntas—. Entonces, si has tomado la decisión, debo llamarte, señor Salvatore de ahora en adelante.
En ese momento, su vida dio un giro radical y nunca volvería a ser la misma. Iba a demostrarle a su padre que podría ser más que un hijo bastardo y a la par, salvar a lo único que le importaba, Mónica, su tía y familia.
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Al día siguiente de pactar aquella propuesta, Aleksander renunció a su trabajo. Se despidió de su vida y de los pocos amigos que logró reunir, quienes eran tan miserables como él mismo.
Fue al hospital con su tía, para despedirse. Estaba furioso por haber caído en el chantaje, pero debía hacerlo.
—Tía, gracias por todo lo que has hecho por mí, te agradeceré siempre. Cuando vuelva, todos los que nos miraron con desprecio lo lamentarán —prometió el joven, con una mirada de férrea determinación.
Ella sonrió, acariciando su mejilla.
—Desearía estar sana y no darte estos problemas, hijo. Lo siento —susurró con cansancio, estaba delicada de salud.
—No te preocupes por nada, recibirás los mejores tratamientos en cuanto logre conseguir mis primeros millones.
Dicho esto, se dirigió a la salida del lugar, en donde lo esperaba una lujosa limosina. Su ropa era una lástima; una camisa con muchos hoyos, un pantalón de dormir tres veces su talla sujeto por un pedazo de tela y tenis con la suela despegado.
Su aspecto hacía huir a la gente que le miraba, no importaba que la ropa estuviera limpia, daba asco de solo mirarlo.
—Suba, su padre le espera. —Bruno le abrió la puerta.
Disfrutó de aquél viaje, ya que era la primera vez que se subía a un auto. Toda su vida viajo ya sea a pie o bus. No tardaron en llegar a la zona más prestigiosa de Roma, cada mansión era más imponente que la otra.
Cuando llegaron, le temblaba el cuerpo.
—Vamos, está en el despacho.
En tanto puso un pie en el jardín, observó como la misma servidumbre le fruncía la nariz con asco. Incluso a sus ojos, él no era más que una minúscula basura. Aún así, se mantuvo con optimismo.
Entró al despacho de su padre, el cual estaba lleno de lujos. El sofá de cuero, el escritorio de parota e incluso un candelabro con cientos de cristales daban luz a la estancia. Se respiraba el despilfarro del dinero.
—Así que eres tú. Ven, deja que te vea —exigió con tono demandante su padre, sentado como una roca.
Se acercó lentamente, sin titubear. Su aspecto solo podía ser culpa suya, debería darle vergüenza mirar a su hijo en esas condiciones.
—No cabe duda que lo único que tienen en común tú y Asher, es mi sangre. Me dan arcadas solo de verte, pero tendrás que servirme.
—¿Quieres que sea tu marioneta?
—Primero que nada, llámame, padre —sintió repugnancia de solo pensarlo—. Asher me llamaba de esa forma y tú debes hacerlo igual. Voy a encargarme de arreglar todo para que pueda preparar tu entrada a la empresa. Nadie debe saber que eres un hijo ilegítimo. Perdí a mi hijo, pero no perderé mi empresa.
—¿Piensas que todo el mundo se traga las mentiras?
—Todo el mundo se traga las mentiras del que tiene el poder y yo lo tengo. Diremos que desde pequeño estuviste en un internado en Suiza, estuviste lejos de la vida pública porque deseabas ser pintor, pianista, me importa poco lo que se escoja, sin embargo, la muerte de tu hermano cambió los planes y ahora tienes que ocupar su lugar. La prensa lo creerá, me ocuparé de que así sea. Debes aprender a comportarte como el hijo de un magnate.
—¿Quieres que aprenda etiqueta? Eso es demasiado.
—Es lo mínimo, no deseo que nos hagas pasar una vergüenza en alguna cena—explicó con un gesto pensando en lo penoso que sería aquello. No había nada más importante para Pietro que lo que la gente pensara de él—. Hay otra cosa, mi esposa, estará insoportable al principio, pues no desea que estés en la casa por obvias razones, sin embargo, debes ganártela, porque deberán aparecer en público como madre e hijo.
Alek se tragó el nudo de ira, de nada le serviría enojarse antes de conseguir el dinero para su tía enferma.
—Claro, soy una copia barata —aceptó con humillación.
Pietro Salvatore asintió satisfecho.
—Es bueno que lo sepas. Ahora, vas a ir a la ciudad por algo de ropa. Tenemos que sacarte ese miserable aspecto de una vez por todas, Bruno va a contarte todo lo que necesitas saber; largo de aquí —espetó, con un ademán de mano.
El castaño obedeció y salió lentamente del lugar.
—Le mostraré su habitación, para que al volver inmediatamente se arregle. En la noche, vendrá su prometida a visitarlo.
—¿Tan pronto? —se asustó Alek.
—Cuanto antes pongamos en marcha el plan, más pronto podrán casarse. Vamos.
Una vez le mostró donde sería su dormitorio, que casualmente estaba en el último piso y en el último cuarto del pasillo, salieron rumbo a la ciudad. Llevaba una gorra y lentes que Bruno le dió para pasar desapercibido.
Al entrar a una boutique, una dependienta corrió inmediatamente para empujarlo fuera y gritarle:
—¡Largo de aquí, vagabundo! Aquí solo puede entrar gente con clase. No hay limosna para ti.
Aleksander no se imaginó que por su vestimenta lo echaran, pero mejor se alejó a la siguente tienda. Bruno le esperaba en el carro, le había dado una tarjeta de débito regular.
Entró, pero esa vez mostró la tarjeta y lo dejaron pasar, con recelo.
—Más vale que no sea robada —advirtió la dependienta.
Reviso algunas ropas, Bruno le dijo en qué talla pedir y cómo pedirlo. Antes de entrar a probar, unas chicas ahí lo vieron.
—Qué asco, parece que ahora cualquier vagabundo puede entrar —escupió con asco la señorita.
—Tranquila, Camille, él no vale nuestro tiempo —dijo su compañera—, mejor vamos a comprarle la ropa a nuestros esposos.
Al pasar por su lado, lo empujó con un hombro. Él no estaba preparado, así que se quedó mirándolas con los ojos muy abiertos.