—Estoy harto, me canse de solamente estar trabajando como un animal de carga y ganar una miseria de dinero.
—Supongo que eso es lo que nos toca a todos —afirmó Aleksander llevando la taza de café a su boca—. Hoy me han sacado del departamento por falta de pago, quizás duerma en un spa público o en el sótano del trabajo. De todas formas, no tenía ni muebles.
—Deberías buscar a tu padre, quizás te dé apoyo. ¿O está muerto?
El italiano hizo un gesto de reprobación ante el comentario de su amigo. Claro que debería obligarlo a hacerse responsable . Su madre le había provisto de un padre con mucho dinero, pero no con la legitimidad, tenía su apellido y nada más. ¿De qué le servía eso?
Nunca había estado presente en su vida y menos le había provisto de dinero, pues Pietro solamente vivía para su heredero, su hermanastro Asher Salvatore, quien había llevado la vida que todo joven desea: viajes, fiestas, Oxford, carros lujosos y cientos de chicas que le seguían por su dinero.
—Me ha tocado ser huérfano, soy igual que tú, igual que todos.
—¿Por qué no buscas a algún familiar? No tienes porqué quedarte aquí, siendo un simple asesor de banca con un sueldo miserable. Al menos tiene más familia, yo no.
No estaba loco, no pensaba ir a rogar migas a su padre o su madrastra, él mismo había hecho su vida, había pagado su universidad y se superó el mismo sin la ayuda de nadie, incluso, sin la ayuda de su madre porque ella había muerto un año antes de que se graduara de la universidad.
En la televisión se marcaban las noticias, noticias del día e importantes para él país.
“El día de hoy, durante el transcurso de esta madrugada ha acontecido un terrible accidente, en el que Asher Salvatore, hijo del importante magnate italiano Pietro Salvatore, ha perdido la vida de manera inmediata luego de que su auto impactara entre los muros de contención en el centro de Roma. Según los informes, el heredero italiano habría muerto antes de que el auto se incendiara en llamas”
Aleksander casi se atora con el café cuando escuchó aquello y al levantar la vista se encontró con la foto de su hermano. Nunca había conocido a Asher en persona, nunca se lo habían permitido, pero era más que obvio que ambos compartían sangre, eran como dos gotas de agua, pues en ambos, los genes de su padre habían sido predominantes, los mismos ojos azules y el mismo cabello castaño.
—¿Estás bien? —preguntó—. Te has puesto pálido.
—Lo siento —se disculpó para luego ponerse de pie. Aleksander se encaminó hasta el baño sintiendo como su estómago se revolvía, pero de manera sorprendente logró mantenerse estable.
Asher está muerto, el predilecto de su padre había muerto.
Se sentía mal por él, siempre lo había observado, no con envidia, pues Mónica Russo, la hermana de su madre, era una mujer de principios que lo había incitado a no odiar, porque el odio no traía cosas buenas. Lamentaba la muerte de su hermano, aunque fuera sorprendente siempre imagino cruzar unas palabras, habría sido suficiente.
Asher tenía la vida perfecta. Aleksander tenía la vida miserable. ¿Cuán distintos podían ser?
Su hermano era un hombre que podía comerse el mundo sin dudarlo. Tenía confianza en sí mismo y su presencia era imponente, Aleksander solo hubiera deseado ser la sombra de aquello. Eran tan diferentes internamente que le sorprendió que tuvieran tanto parecido físico.
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En la mansión Salvatore, una residencia a las afueras de la bella ciudad de Roma, una mujer colapsaba de dolor entre los brazos de sus sirvientes, su marido permanecía serio, con la mirada fija en un punto de la pared mientras pensaba en cómo todo se había ido a la basura en un segundo. Su heredero había muerto, su linaje se había perdido y ahora, su mujer gritaba desconsolada luego de saber el terrible destino que había golpeado a su hijo.
—Súbanla, que alguien le dé un calmante.
—Sí señor —dijo uno de los sirvientes mientras intentaban controlar a su señora. A lado de Pietro esperaba su abogado, con su maletín listo para atender cualquier orden. Le sorprendía mirar al magnate tan frío, serio, como si no hubiera recibido la noticia de que su hijo había perecido.
—Dime, Bruno, ¿qué te ha traído aquí? Sé que no solo has venido a darme el pésame de mi pérdida.
El abogado asintió.
—Las acciones han caído en un cincuenta por ciento desde que la noticia del accidente de su hijo llenó las primeras planas. Los socios tienen incertidumbre, además, el compromiso pactado que tenía con Alfredo Leroux ahora no podrá ser cumplido y no habrá una fusión empresarial si no hay boda. Cuando esto se comunique la empresa tendrá acciones con un valor del ochenta por ciento menos.
Pietro clavó sus intensos ojos azules en su abogado.
—¿Me estás diciendo que mi empresa se irá a la quiebra de la misma manera que mi hijo a la tumba?
—Me temo que es así, señor.
Su respuesta le incendió la sangre, no había trabajado tanto como para dejar que todo lo que tenía se esfumara por una mala jugada del destino. Había luchado toda su vida para ser quien era y no iba a perderlo todo y a sumirse en un mar de lágrimas porque su hijo había muerto. Le dolía, claro que le dolía, pero más le dolería perder la empresa a la que le había dedicado toda una vida.
Pietro observó el enorme cuadro de su hijo, la imponente mirada azul de Asher y entonces, como si viajara en el tiempo recordó dónde había visto otra mirada así: La había mirado en Aleksander, su segundo hijo, un niño que había concebido con una de sus amantes y que cuando esta se negó a abortarlo dejo a su suerte, pero luego decidió darle el apellido. La vida de un niño sin padre era complicada, así que por lo menos le dio eso.