Ha habido innumerables ocasiones en las que no tenía nada que hacer más que esperar a ver la cara de mi compañero—esperar a ver si volvía a mí. A veces prometía que volvería, y otras veces no, pero de cualquier manera, una sensación agobiante de inquietud se deslizaba por mi cuerpo, empujando y anhelando escapar. Recuerdo lo que se siente estar sin él ahora. El poder de mi padre adormecía tal privación, pero ha regresado con una dolorosa familiaridad. Me siento en los escalones del porche trasero y lo espero en el frío que nuevamente no logra helarme.
Mientras miro hacia los árboles, no puedo evitar imaginar a mi padre...