Eran veneno, las plantas que crecían como si las hubiera llamado. Algunas podían encontrarse en este continente, otras provenían de lugares lejanos. Dante me dijo que despertó solo y luego no pudo encontrarme en la casa, pero descubrió que las puertas traseras estaban sin llave. Se transformó y siguió mi rastro, como si algo me hubiera robado de nuestra cama. Me encontró tendida en el suelo del bosque, en un círculo de belladona, amanita mortal, adelfa, cicuta y muchas otras plantas que no reconoció. Una enredadera de hiedra venenosa había comenzado a enroscarse en mi pierna. No dejó sarpullido en mi piel.
—¿Renata?
—Perdón —murmuro y miro a Vivianne e...