Sacudo la cabeza.
—Quítate de mi camino.
—Mírame. Vamos, Renata, solo mírame —me pide, y lo hago aunque las lágrimas amenazan con caer—. No tiene que ser así. No tienes que irte, ¿de acuerdo? Solo volvamos a la cama. Vamos, déjame abrazarte.
—Quítate de mi camino.
Dante, cada vez más desesperado, se inclina hacia abajo para mirarme desde abajo. Hace una mueca de dolor.
—No te vayas. Tienes que confiar en mí cuando digo que no te lo cuento por tu propio bienestar. No quieres saber lo que pasó, ¿de acuerdo? No quiero que vivas con miedo.
Respiro de forma inestable.
—Lo sé, piensas que no puedo manejarlo. Por eso...