Un leve toque en mi hombro me despertó y sacudí la cabeza para enfocar mi atención.
—Señor, ya debe salir. —Me indicó una enfermera y traté de enfocarla—. Lleva casi tres horas aquí, durmiendo.
Seguía teniendo entre mis manos, la pequeña mano de Erín.
—Lo siento —susurré atolondrado.
—El doctor Collins lo dejó quedarse más tiempo, porque es de su familia, pero debemos hacer nuestro trabajo con la paciente. Si puede retirarse, por favor.
Solo asentí y le propiné un beso a Erín en la frente. Antes de retirarme, me volteé a la enfermera.
—¿Qué hora tiene?
—Son casi las nueve —respondió, luego de mirar el pequeño reloj que portaba...