Después de lo sucedido en mi ático, había bebido hasta la inconciencia por el dolor que representó la huida de Samanta de mí. Sin embargo, tampoco la podía obligar y someter a cosas a la fuerza, como a que me escuchara y me entendiera.
Había vaciado una botella de escocés, mientras avisaba a Rose que no iría a la casa esa noche. Había maldecido una y mil veces a Emily y a mi mala suerte de que todo se hubiera salido de mi control, hace casi cinco meses, volviendo una verdadera pesadilla mi futuro con Samanta.
Ni siquiera recordaba en qué momento me había quedado dormido; solo recobré el sentido...