CAMILE
Al llegar al aeropuerto más cercano al rancho, una camioneta color roja, aguardaba por mí para trasladarme a aquel lugar sitiado en el mismísimo fin del mundo. Bajo la luz clara de la soleada mañana, entre el infinito paisaje de árboles, perfiles de cerros y montañas, el vehículo fue andando por varias horas que me pareció la propia eternidad. El hombre que me trasportaba, de unos cincuenta o sesenta años, me veía de reojo de vez en vez, intentando llamar mi atención para que emitiera alguna palabra. El silencio era lo único que respondía a su mirada interrogante y curiosa.
Me perdí en mis pensamientos, mientras mis ojos se...