HENRY
Salí como alma que lleva el diablo de la oficina, y ni que decir de Harrison Enterprise.
Pero, ¿qué carajos tenía en su cabeza aquella mujer?
Se había chiflado por completo al proponerme semejante barbaridad y estupidez.
¿Cómo se le ocurrió que fuese yo, precisamente, la persona a quién ofrecerle aquello?
¡Ah! Tenía ganas de retorcerle el pescuezo a esa insufrible mujer que, para variar, me atraía locamente.
Desde que había compartido la cama con ella, en mi interior se instaló un extraño sentimiento que me hacía añorarla. Pero, como bien había aprendido a lo largo de mi vida, las cosas nunca eran color de rosa y el destino siempre golpeaba de manera cruel a los que se descuidaban de la realidad. Por esa razón, jamás me permití siquiera sopesar la posibilidad de tener, con la señorita Harrison, más que una relación laboral. Sin embargo, ella, con su aire de poderío, me ofrece en bandeja de plata lo que en el fondo yo también quería, porque este mes que me ha resultado de lo más largo, había terminado de convencerme que la atracción que sentía hacia ella, era ya innegable. Me atraía como el agua a un sediento perdido en el desierto; me gustaba su aroma, ese delicado perfume que usaba me enloquecía. Sus modos, su forma de sonreír y de cabrearse cuando las cosas no se daban como las quería. Su diminuto cuerpo me hacía imaginar en cómo se sentiría bajo mi tacto, entre mis manos, pero me molestaba que todo se estuviera dando de esta manera. Habría sido más sencillo si no me hubiera hecho aquella propuesta; yo tendría trabajo y ella, seguramente no se habría sentido tan humillada por mi rechazo... aunque, dudaba que Camile Harrison se pusiera a llorar y a patalear de vergüenza por mis palabras.
Al menos, había recibido la paga del primes mes y con eso abastecería por dos meses los gastos que tenía, pero tendría que encontrar otro empleo pronto, para seguir costeando los gastos de mi familia y el tratamiento de mi pequeña hija.
Cerré los ojos y maldije, en tanto me dirigía al metro para volver a casa. El seguro médico de Jillian, lo perdería, y con ello la seguridad de que recibiría el tratamiento adecuado. No podía creer que, con apenas veintiséis años, estuviese pasando por todo el drama familiar que llevaba a cuestas. Tenía una niña de tres años bajo mi tutela, con una madre ausente que, al percibir toda la responsabilidad que conllevaría la pequeña, simplemente se había esfumado. Maldita fue la hora en que me dejé envolver e ilusionar de aquella manera por Jessica. Apenas éramos unos críos que terminaban la preparatoria y soñaban con hacer fortuna de distintas maneras. Ella, como bailarina profesional; y yo, viéndome en la bolsa de valores, comprando y vendiendo acciones, ganando lo suficiente para mantener a mi familia y cumplir con los caprichos que ella tuviese.
Recuerdo que el día en que se enteró que estaba embarazada, se dio de golpes en el vientre porque odiaba la idea, y, además, repetía siempre que era un error; un obstáculo para su carrera y no lo quería. Fueron nueve meses tortuosos en los que luché contra ella para que no lastimara al pequeño inocente que venía en camino, que no tenía culpa alguna de nuestro descuido y nuestras malas decisiones.
Jessica había querido abortar y fue el principio del final de nuestra relación, así como también, fue el momento en que comenzó a caerse la venda de mis ojos y dejé de sentir lo que sentía por ella. Me decepcionó profundamente, porque bien pudimos enfrentar juntos todo y salir adelante. Pero ella resultó ser demasiado ambiciosa y egoísta, como para quedarse y atravesar necesidades a mi lado, según sus propias palabras.
En ese entonces, tenía apenas veintidós años y cursaba el penúltimo año de la carrera, pero con todo el drama que comenzaba a vivir, tuve que dejar de lado la universidad durante el embarazo y los primeros meses de vida de Jillian. Para castigarme por haber evitado que abortara, Jessica se negaba a comer; no consumía las vitaminas que con tanto esfuerzo lograba comprar y era reacia a los consejos del médico. Cuando la niña nació, pensé que se interesaría en ella al verla y cargarla, porque mi madre siempre decía que, cuando una madre tomaba entre sus brazos a su hijo por primera vez, se creaba una conexión, un vínculo que nunca más se rompería y que el amor que nacía en ese instante, era más grande y poderoso que cualquier otra cosa. Pero no. Ella ni siquiera la quiso ver; no quiso cargarla cuando, con lágrimas en los ojos, me acerqué con la bebé en brazos. Sin embargo, apenas se dio cuenta de que algo no andaba bien con la pequeña, se marchó sin mirar atrás, dejándonos a nuestra suerte y a mí con toda la responsabilidad.
Los médicos me habían dicho que la pequeña nació con un síndrome congénito, poco común, que afectaba la parte renal de su organismo, y que si no seguía un tratamiento riguroso desde su nacimiento, entrada la adolescencia podía repercutir devastadoramente en ella, incluso, dejándola por completo ciega. Mi madre y yo hicimos hasta lo imposible por costear todos estos años el tratamiento de Jillian, y he hecho mi mejor esfuerzo por ser un buen padre, aunque Jessica me haya dejado viendo estrellas por el golpe duro que le atestó a mi vida.
Sin darme cuenta, el metro se detuvo en la estación donde debía bajar. No quería preocupar a mi madre, pero la honestidad había sido un pilar fundamental en toda nuestra vida.
Ella apenas podía con los gastos de mis dos hermanos; Emma y Fred. A veces, no conciliaba el sueño pensando que, en un par de años, esos mocosos debían ir a la universidad, y con la pensión de viuda no alcanzaba para todos esos gastos.
Gracias a Dios, mi padre, un humilde contador que había trabajado todos los años profesionales de su vida en una fábrica del barrio, nos dejó un techo donde vivir y algo de dinero que, lamentablemente, lo tuvimos que ir agotando con el correr del tiempo.
Aunque me había ganado una beca completa para la universidad, los gastos jamás cesaban. Debía comer y pagar trasporte, y luego de que naciera Jillian tuve que posponer por un año terminar con la carrera y buscarme un trabajo, que hasta hace un mes fue mi sustento. Me costó bastante que el comité de admisión volviera a considerar becarme un año más, pero lo conseguí y al final de todo, logré graduarme con honores y muchas ofertas laborales que, por cuestiones personales y de lealtad, había rechazado.
Y ahora, nuevamente volvía a casa sin empleo, sin el seguro médico de Jillian, y sin... ya sin mentirme más a mí mismo, sin poder estar cerca de la mujer que me atraía. Porque Camile Harrison ha sido la única mujer, desde Jessica, que ha logrado hacerme notar otros matices además del blanco o el negro.
¿Por qué tuvo que arruinarlo todo?
Me hizo sentir como si fuese un objeto que vio en un exhibidor del centro comercial y quiso comprarlo. Sabía que no podía tener expectativas en cuanto a algo más con ella, pero a la muy... ¡Ah! Ni siquiera tenía palabras para definirlo. A la muy insensata, simplemente se le ocurrió pagar por mi compañía para no tener que cargar con ningún compromiso conmigo.
Cabreado más de lo usual, entré al departamento que ocupábamos mi familia y yo, topándome con la sorpresa de que Jessica se encontraba allí, con mi madre viéndola tensa, seguramente por lo que se desataría en el momento en que yo llegara.
Jillian se encontraba sobre la vieja alfombra gastada, jugando con sus muñecas, mientras que Emma, mi pequeña hermana de diecisiete años, veía a la madre de mi hija con rencor.
—Pero, ¿qué significa esto? ¿Qué haces aquí? —indagué furioso, con las manos presionadas en puño.
—¡Papi! —gritó la pequeña, feliz, corriendo hacia mí.
La cargué en mis brazos y Jill me propinó un sonoro beso en la mejilla.
—Hola, princesa. ¿Estás bien? —pregunté, acariciando su pelo y asintió con la cabeza—. ¿Qué haces aquí? —repetí mi pregunta a la mujer a quien no había visto por casi tres años.
Bajé despacio a mi hija, que volvió, sin comprender qué pasaba, a su juego de muñecas.
—Eso mismo quisiera saber, Rick —acotó Emma, utilizando el apelativo con el que papá siempre me había llamado—. Realmente, no sé qué hace aquí, ni por qué mamá la dejó pasar. No tiene la más mínima vergüenza para presentarse en esta casa, luego de todo lo que te hizo.
—Emma, por favor... —intercedió mamá.
—¡Emma nada, mamá! Esta mujerzuela no debería estar cerca de mi hermano ni de Jill.
—¡Emma! Cuida tus palabras, niña —advirtió mi madre, señalándola con un dedo.
—Emma solo dice la verdad —intervine y vi cómo, en los labios de Jessica, se formó una media sonrisa—. Em, llévate a Jillian al parque mientras hablo con ella —señalé a Jessica con la cabeza.
Mi hermana, de un carácter infernal, accedió y tomó a la pequeña en brazos, saliendo de inmediato del piso.
—Mamá, déjanos solos, por favor.
—Henry... no cometas una estupidez —suplicó y asentí con la cabeza.
Cuando mi madre se devolvió a la cocina, Jessica, que estaba sentada en la alfombra donde jugaba Jillian hace instantes, se puso de pie para enfrentarme.
—Hola, Henry. Veo que los años no le han sentado nada bien a tus modales —dijo burlona.
Sonreí con chasco.
—Mis buenos modales, solo salen a flote con quien se los merece. Dime de una jodida vez, ¿qué haces en mi casa?
—Tenemos una hija en común y es normal que quiera verla.
—¡¿Verla?! —reí a carcajadas—. Dirás conocerla, porque en todos estos años, no te has dignado siquiera en coger el teléfono y preguntar por ella. ¿Cuál sería tu interés ahora?
—Henry, sé que cometí un grave error al dejarte solo con la niña, pero entiéndeme; era inmadura y demasiado joven.
—No te entiendo ni quiero entender una mierda, Jessica. Mejor vete de una vez, porque estás agotando mi paciencia.
—Quiero que Jillian viva conmigo —dijo de pronto, dejándome estático y lívido, en mi intento por procesar sus palabras—. Me he casado —levantó su mano izquierda, enseñando un par de anillos. Uno con una enorme piedra y otro liso—, y puedo hacerme cargo. Mi esposo tiene mucho dinero y le podemos brindar a Jillian todas las comodidades que tú no puedes, además de costear su tratamiento sin problemas, cosa que a ti te cuesta bastante.
—Pero, ¿qué carajos estás diciendo? —bramé, furioso—. ¿Te estás oyendo? ¿Estás consciente de lo que estás hablando?
—¡Por supuesto, Henry! Un hijo debería estar con su madre. Así lo cree mi esposo y mi abogado. Es lo más natural y tú, en esta... —miró con desprecio todo el espacio a su alrededor— caja que llamas casa, no puedes tenerla si yo tengo los recursos para ofrecerle algo mejor.
—Lárgate ahora mismo, Jessica.
—Pero...
—¡Que te largues, maldición! —grité, logrando que se sacudiera en su sitio—. Lárgate si no quieres que te mate aquí mismo y con mis propias manos. ¡Vete de una vez!
—Está bien —tomó su bolso y se lo cargó al hombro—. Me iré, pero te advierto que lucharé por la custodia de la niña y porque crezca conmigo. Mi abogado se pondrá en contacto y...
—¡Y una mierda! ¡Lárgate de mi casa, ahora! —señalé la puerta y de inmediato salió disparada, no sin antes lanzarme una dura mirada.
¡¿Pero quién se creía aquella mujer para venir ahora a reclamar sus derechos de madre?!
Estaba completamente equivocada, si pensaba que se saldría con la suya por el simple hecho de que ahora tenía un esposo millonario. A mi hija nadie se la llevaría a ninguna parte, y mucho menos se iría con esa arpía que le tocó de madre, porque estaba seguro que había algo detrás de su repentino interés. Lo que menos podía creer era que, precisamente ahora, se le hubiera despertado el instinto maternal. Esa maldita mujer solo se quería a sí misma y nunca permitiría que Jillian creciera con la influencia de alguien como ella.
Pero, ¿qué haría?
¡Justo ahora que me había quedado sin trabajo, sucede todo este desastre!
Al parecer, Dios pensaba que yo era un hombre con alma y corazón de acero.
Tenía que conseguir de manera urgente otro empleo, porque si Jessica había hablado en serio, tendría que demostrar que era capaz de mantener a mi hija.
—Hijo... —irrumpió mi madre, ingresando desde la cocina a la pequeña sala de nuestra casa—. ¿Crees que Jessica sea capaz de llevarse a Jillian? —preguntó temerosa y asentí con la cabeza, porque sabía que era testaruda y que debía existir algún motivo oculto detrás de su intención.
¿Venganza? ¿Ganas de solo joderme la existencia? Tal vez. Pero algo me decía que era más que eso.
Mi madre sollozó, tapándose la boca con ambas manos. Inspiré una bocanada de aire para no tambalear y echarme a hacer lo mismo. Me acerqué hasta ella y la envolví entre mis brazos, en tanto su llanto brotaba.
—No te preocupes, mamá… —susurré, besando su pelo—. Te prometo que no se la llevará.
—Ay, hijo. Sé que no es momento, pero estamos en serios problemas y sé que, si no resolvemos esto primero, no habrá forma de que te quedes con Jillian, ni evitar que un juez dictamine que se marche con su madre.
Fruncí el ceño y la tomé por los hombros, separándola de mí para verle el rostro. Ella se limpiaba las lágrimas y mantenía la cabeza gacha.
—¿Qué ocurre? —pregunté con temor.
Mamá respiró hondo antes de levantar la vista.
—El banco ha remitido una carta de intimación para que paguemos las mensualidades pendientes de la hipoteca… —musitó con pena.
—¿De qué estás hablando, mamá? —La miré desconcertado—. Nosotros no hemos hipotecado la casa. Papá había pagado los pendientes que teníamos con el banco y nos dejó libre de deudas.
Me miró con aflicción, agachando la cabeza y mi temor más grande iba creciendo a pasos agigantados.
Hubo una época, mientras buscaba trabajo y me ocupaba del asunto de Jessica, en que mi madre había asumido toda la responsabilidad de la casa, de mis hermanos, de mis estudios y de los gastos médicos de esa insufrible mujer, cuando tuvo a la niña.
—Mamá... dime, por favor, que no hiciste lo que estoy imaginando —supliqué y ella se echó a llorar en mis brazos—. Por Dios, mamá. ¿Por qué lo hiciste?
—Porque no podía verte agobiado, preocupado, sin poder dormir por no saber cómo harías para cubrir el hospital y las necesidades básicas de un recién nacido. Estabas sin empleo, tratando de terminar ese año de la universidad y como madre, no podía verte sufrir de aquella manera. No toleraba ni soportaba que mi bebé sufriera tanto como lo hacías. —Rompió en un llanto convulso y no me quedó más remedio que abrazarla de nuevo y cerrar la boca.
¿Cómo diablos haría para cubrir también esa deuda?
Por todos los cielos que ya no tenía fuerzas, no podía más... Quería rendirme, quería mandar a la mierda todos los problemas que me asechaban. Esta no era la vida que había soñado.
Cuando mi madre se calmó, estuve seguro de que lo más sensato era marcharme de allí y callar que me había quedado sin empleo.
—¿De cuánto estamos hablando?
Mi madre se apartó de mí, yendo en dirección al pequeño escritorio con el ordenador viejo que utilizaban mis hermanos para su tarea escolar. Abrió uno de los cajones y extrajo un papel de allí, volviendo hasta mí y enseñándomelo. Cuando vi la cifra que debíamos al banco y que teníamos que cubrir a más tardar en un mes, casi me voy de culo. Cerré mis ojos con fuerza y asumí que maldecir y romper todo a mi paso, no resolvería nada.
—Todo estará bien, mamá. Lo resolveremos —besé su frente, apartándome lentamente de ella—. Iré con Zac. Necesito algo de aire —dije, y ella asintió.
—Lo lamento tanto, hijo.
—Descuida; encontraré una solución —expresé, yendo a mi habitación a cambiarme de ropa para ir al modesto gimnasio que mi amigo Zac llevaba adelante.
Necesitaba descargar mi frustración y mi rabia en algo, ¿y qué mejor que ensañarme con un saco de boxeo, imaginándome el rostro de las dos mujeres que querían arruinar mi frágil tranquilidad?
Cuando llegué al pequeño complejo, de inmediato comencé a gastar mi energía, dándole con todo al viejo saco de arenas que colgaba en un rincón.
Mientras lo hacía, el rostro angelical de Camile aparecía en mi mente, con su habitual sonrisa arrebatadora y despreocupada, haciéndome recordar que por su culpa estaba en serios aprietos económicos ahora. Luego, veía la petulante y engreída cara de Jessica, quien por fuera se veía distinta con todo el dinero que seguramente se gastaba en ropa y maquillaje, pero que por dentro, no dejaba de ser la vil y traicionera mujer de siempre.
Mis puños iban y venían, en tanto el sudor me cubría desde la cabeza y en todo el cuerpo. La playera que llevaba puesta, se adhería a mi cuerpo por lo empapado que me encontraba, y los pantalones deportivos me hacían sentir que la piel me ardía.
Pero nada importaba. Solo quería que todo ese mal rato se esfumara por unos instantes.
—¿Mal día? —interrumpió Zac, mi amigo de infancia y confidente.
Era el único con quien no me guardaba nada. Le atesté un último y potente golpe con el puño derecho al saco y caminé hacia un taburete de madera donde había dejado mis cosas. Tomé una pequeña toalla y me la pasé por el rostro; sabía que Zac se encontraba detrás de mí, aguardando a que le contara sobre el asunto que me tenía de aquella manera.
—Jess volvió, amenazándome con quitarme a mi hija, el mismo día en que renuncié a mi empleo porque mi jefa me hizo una propuesta indecente —respondí, como si estuviera hablando del clima.
Zac, por primera vez desde que nos conocemos, se quedó sin habla.
—Espera. —Me observó con incredulidad—. ¿Me estás diciendo que tu jefa quiere acostarse contigo? —indagó sorprendido y enarqué una ceja, cruzándome de brazos—. Y... por supuesto, lo más grave es lo de Jess. Aunque no creo que esa loca quiera quedarse con Jill. —Le restó importancia al asunto.
Me tomó del brazo, arrastrándome hacia la pequeña oficina donde llevaba el papeleo de su establecimiento.
—Creo que necesito un trago. —Tomó dos cervezas del pequeño frigobar que tenía allí y me lanzó una. No acostumbraba a beber a esas horas, pero la ocasión ameritaba—. Explícame mejor lo que está ocurriendo, porque créeme que procesar todo lo que has dicho, es demasiado para alguien como yo.
—Lo que oíste; Jessica regresó y quiere quitarme a la niña. Al parecer, se casó con un hombre con dinero y estoy seguro que ese tipo tiene mucho que ver para que quiera hacerse cargo de Jillian. Me amenazó y no dudo que, por puro capricho, esa cínica hará lo imposible por joderme la existencia.
—Vaya... nunca pensé que esa arpía tuviera instinto maternal.
—Yo tampoco. Creo que este asunto de querer hacerse cargo es por otra cosa, pero lo peor de todo es que si llegamos a instancias judiciales y no puedo demostrar que soy capaz de brindarle una vida digna a mi hija, la terminaré perdiendo por el estúpido capricho de esa mujer.
—Bien. Ahora vayamos a lo otro: ¿Cómo es eso que renunciaste porque tu jefa quiere llevarte a la cama? —sonsacó de lo más interesado.
Quise reír por lo chismoso que resultaba a veces.
—Pues, sí. Me hizo una propuesta, hasta con contrato y varios ceros de por medio.
Zac silbó.
—Sabía que Dios no te había dado esa cara bonita por nada —bromeó—. Sé que tú no eres de esa manera, Henry, pero en estos momentos, ¿no te parece que es una estupidez que hayas renunciado?
—Si lo pienso, después de que Jessica me amenazara, que mi madre me informara que hipotecó nuestra casa y debemos pagar si no queremos quedarnos en la calle, creo que fue una grandísima tontería. —Me crucé de brazos—. Zac, es todo tan complicado y me siento con la soga al cuello. La verdad es que no sé cómo saldré de esta.
Zac, una vez más, se quedó sin habla.
—Te juro que no me gustaría estar en tus zapatos —pronunció con pena—. Tu trabajo era perfecto; ganabas bastante, tenías un seguro para tu hija y, para rematar, tu jefa te ofrece más dinero por un revolcón. Perdóname, hermano, pero si yo fuera tú, aceptaría sin dudar.
—No puedo, Zac. No puedo hacer eso. Mi orgullo y dignidad me lo impiden —aclaré, llevándome los codos a las piernas y hundiendo mi rostro en mis manos.
Me sentía entre la espada y la pared.
—Tu orgullo y dignidad no pagarán los tratamientos de Jillian, ni los honorarios de un abogado. Tampoco te darán de comer, Henry. Dime una cosa —preguntó y levanté el rostro para mirarlo—: ¿Tan desagradable te resulta esa mujer, como para no querer llevártela a la cama por mucho dinero? —inquirió.
El rostro se me desencajó. Resoplé, sopesando la idea de darle voz a mis pensamientos y así lo hice. Que más daba; de todas formas, necesitaba hablarlo con alguien.
—Es la mujer más hermosa que he visto en mi vida, Zac —confesé, y mi amigo me vio con los ojos desorbitados—. Y eso es lo peor, porque me habría gustado que me hubiese visto como un hombre, como una persona con quien podría salir y pasar el rato por sentimientos de por medio, y no que me viera como un objeto que, así como lo puede comprar, lo puede botar cuando se aburra.
—Por todos los cielos... estás... estás...
—¡Por supuesto que no, Zac! No estoy enamorado. Pero sí, me gusta mucho, no te lo negaré a ti.
—Entonces, ¿cuál es tu problema, hombre? —preguntó—. La mujer te gusta y además, te ofrece dinero por llevarla a la cama. Dime, Henry Ross, ¿cuál es tu maldito problema?
—¡Qué no pretendo ser el puto de nadie, demonios! No soy un maldito prostituto. ¿No entiendes que, si digo que sí, no hay vuelta atrás?
—¿Y qué harás? ¿Tendrás viviendo a tu madre, a tu hija y a tus hermanos en la calle? ¿De qué vivirán? Porque, no conseguirás todo el maldito dinero que necesitas, si no es de la mano de aquella mujer. Tómalo como una inversión, como algo temporal hasta que resuelvas tus malditos problemas.
—Zac, no creo que...
—No puedes darte el lujo siquiera de creer, hombre. Date cuenta que, decirle que sí a esa mujer, es la solución a todos tus problemas. Si tanto te cuesta hacerlo por todos los valores que pregonas, piensa en tu hija, en tu madre. Piénsalo, hombre. Piénsalo bien, porque estoy seguro que una vez se le pase el capricho contigo a esa mujer, la única oportunidad que tienes de salvar tu casa y de tener a tu hija contigo, se habrá esfumado.
—Tal vez... —Me pasé la mano por el pelo—. Tal vez tengas razón y deba pensarlo. —Me puse de pie, completamente confundido. Todo se me estaba yendo de las manos y debía encontrar la manera de resolver mis problemas—. Lo mejor es que me marche; mi madre debe estar preocupada porque dejamos las cosas a medias.
—Está bien, amigo. Pero hazme el favor de pensarlo bien. Otra oportunidad como esta, no la tendrás de la noche a la mañana. Salúdame a Vivian y dile que pasaré a visitarla mañana.
Asentí a lo que decía porque quizás, mi tabla de salvación y mi única salida, era decirle que sí a Camile.
Durante el trayecto de regreso a casa, mis pensamientos se volcaron sobre los pros y contras de aceptar aquella propuesta indecente que me había hecho Camile Harrison. Yo no era un hombre acostumbrado a recibir órdenes en ese plano, tampoco indolente como para que otra persona decidiera sobre mis asuntos personales; sería demasiado complicado hacerme de la vista gorda y aceptar cosas que no son de mi agrado.
Al llegar a la casa, encontré a mi madre con la tensión arterial por las nubes, sin posibilidad alguna que dejara de llorar. Fue entonces tomé una determinación.
El rostro angelical de mi pequeña, con aquella sonrisa inocente, también influyó en mi decisión, porque si existía una manera de arreglarlo todo sin que ese par sufriera, lo haría sin importar la humillación.
Fui a mi habitación, me di una larga ducha y traté de conciliar el sueño sin haberle hablado a nadie durante la tarde ni la noche. Varias veces, Emma golpeó mi puerta, intentando que le abriera para poder conversar. Pero no lo hice. Quería estar solo y hacerme la idea de que, lo que haría al día siguiente, era lo mejor para todos. Para todos, menos para mí.
En la mañana, como de manera habitual, me enfundé en uno de los trajes que mi jefecita había pagado y, sin poder ingerir desayuno, salí disparado hacia Harrison Enterprise con los nervios de punta. Sabía que todo esto era una locura, pero una locura necesaria.
Al llegar a la empresa, me dirigí a mi oficina para aguardar a que Camile llegara. Cuando oí bullicio al otro lado de la puerta que nos separaba, reuní todo el valor que necesitaba para humillarme y fui, decidido a enfrentarla. Al verme, ella ni siquiera se sorprendió; como si estuviera muy segura de que terminaría regresando y diciendo que sí a su loca propuesta.
—Buenos días, señorita Harrison —mascullé con cierto matiz de rabia.
Ella sonrió con autosuficiencia.
—Sabía que volverías.
Fue su respuesta y, viéndola de la manera tan sexy en cómo iba vestida, me convencí que aceptar aquello, después de todo, tal vez me diera ciertas ventajas.