Chapter 2 ¿Quién es Henry Ross?

Chapter 2 ¿Quién es Henry Ross?

HENRY ROSS

Después de haber chocado con aquella menuda mujer que creó cierta tensión en mi cuerpo, me marché de Harrison Enterprise, a la oficina contable donde trabajaba desde hace dos años. La paga no era mala, y la experiencia que adquirí a lo largo de ese tiempo no tenía precio. Mi jefe era bastante considerado con mis problemas personales, por lo que no se me había cruzado la idea de buscar otro trabajo. Sabía que podría encontrar uno mejor con un sueldo más elevado, pero, por mi situación, necesitaba estar en un ambiente donde comprendieran lo que pasaba en casa y me dieran los permisos que necesitaba.

Las cosas seguían el curso habitual, hasta que una semana después, George, mi jefe, me comunicó que ya no podría seguir trabajando para su estudio. Al momento, no comprendí nada. Las razones que me daba, eran meras excusas, pero no podía ni quería entrar en conflicto con él porque me había tendido la mano en innumerables ocasiones y sería desconsiderado de mi parte discutir acerca de la decisión, que notaba, era firme, aunque me estuviera perjudicando como bien sabía. Quedarme sin empleo, con la situación que cargaba a mis hombros, solo complicaba demasiado las cosas, sin embrago, me fui con esperanzas porque prometió que haría algunas llamadas y me recomendaría en lugares donde podría crecer de manera profesional y la paga sería mejor. Me despedí, llevando las escasas cosas personales que adornaban mi escritorio, y agradeciéndole la oportunidad de haberme dado empleo cuando aún no me había graduado.

Por mi situación, había tardado dos años más de lo normal en terminar la universidad, pero gracias a los sacrificios que hice y al esfuerzo y apoyo de mi familia, lo conseguí y con honores. Pensaba postularme a un cargo más alto en la empresa contable, pero todo se fue a la basura con la decisión que había tomado mi jefe.

Las calles del centro de Manhattan, como era habitual, estaban atestadas. El metro no quedaba lejos por lo que seguí caminando, en tanto pensaba como haría para cubrir los gastos del mes.

En lo que duró el viaje, desde el New York stock exchange hasta el totalmente enrevesado suburbio de Brooklyn, donde había crecido y pasado bellos y malos momentos, imaginé en cómo sería mi vida si hubiera tomado las debidas precauciones hace cuatro años. Suspiré y de inmediato arranqué esos pensamientos de mi cabeza. Jillian no tenía la culpa de mis errores y, como siempre, tenía que pensar en que todo se resolvería.

—Hola, mamá —saludé, cuando ingresé al pequeño departamento donde vivíamos Jillian y yo, junto con mi madre y mis dos hermanos adolescentes.

—Llegas temprano, hijo. ¿Ocurrió algo? —preguntó mi madre, preocupada.

Besé su frente y resoplé.

—Me despidieron —anuncié—. Pero, no te preocupes; ya encontraré algo.

—Pero, ¿por qué?

—George dijo que era por unos recortes que necesitaba hacer el estudio.

—Pero si dijiste que estaban prosperando y creciendo de manera considerable...

—Y es verdad, mamá. Pero preferí dejar las cosas así. Protestar no cambiaría su decisión.

—Ay, hijo. Sabes que mi pensión no podrá cubrir todos los gastos.

—Lo sé y te prometo que lo resolveré, no te preocupes más.

Mi madre asintió sin convencerse del todo, marchándose hacia la cocina donde estaba preparando el almuerzo. Jillian y mis hermanos, debían de llegar en unos minutos.

Mientras tomaba el periódico para buscar un nuevo trabajo, mi móvil comenzó a repicar y, para mi sorpresa, era Gina, la asistente de presidencia de Harrison Enterprise, con quien había formado una especie de amistad.

De inmediato tomé la llamada. Cuando me dijo que había un puesto que podría ocupar y que la paga sería el doble de lo que ganaba en el estudio, me puse en alerta. Por experiencia, sabía que si el salario era alto, el trabajo no debía ser fácil o, en la mayoría de los casos, el jefe era insoportable.

Le planteé aquella posibilidad cuando me dijo que sería asistente personal de la odiada Camile Harrison; una pequeña bruja —según los rumores— a la que le había caído encima la responsabilidad de la empresa a muy corta edad. Además, dejé en claro que no soportaría ninguna humillación de su parte. Gina aseguró que sería pan comido y que me iría bien. Un poco más tranquilo, acepté la propuesta, dando mi palabra de que en la tarde iría a firmar el contrato, y mañana ya empezaría a trabajar para aquella mujer.

No tenía muchas opciones. El dinero debía conseguirlo de todos modos, y si me ofrecían un buen salario por soportar los caprichos de mi nueva jefa, pondría todo mi empeño en tolerarla. Incluso, podría ver de nuevo a aquella pequeña y menuda rubia con la que había tenido un encontronazo hace una semana. Me había parecido demasiado adorable la manera en que sus piernas flaquearon cuando nuestros ojos se encontraron, y el color carmesí de sus mejillas cuando la estreché entre mis brazos.

¿Cómo se llamaría?

Negué, sacándome esas ideas de la cabeza porque en mi vida no había lugar para una relación.

Le informé a mi madre de las buenas nuevas y con una feliz sonrisa, me deseó suerte cuando salí rumbo a la empresa para firmar el contrato, no sin antes ocuparme de Jillian y dedicarle un poco de tiempo a las travesuras.

***

La mañana siguiente me había alistado con la ropa más decente que tenía en el armario, tomado el desayuno y salido hacía mi nuevo empleo. Cuando me anuncié en recepción, me hicieron pasar de inmediato junto al jefe de recursos humanos, quien, con un poco de recelo, me llevó hasta la que sería mi nueva oficina.

—Bien, señor Ross. Esta será su oficina, y aquella puerta —señaló, a mi derecha, una puerta doble color blanca— da con el despacho de su jefa. Ella debe estar por llegar. Cuando lo haga, por favor, preséntese para que le indique sus labores, ya que es la primera vez que contrata a un asistente masculino y no creo que le encargue las mismas tareas que le daría a una mujer —explicó con evidente molestia.

Al parecer, no le causó ninguna gracia que me hubieran contratado.

—Muchas gracias, señor —respondí de manera cortante, mientras el susodicho se perdía por la puerta de salida, no sin antes echarme de nuevo un vistazo de pies a cabeza.

Para mi primer día, mi madre había escogido un traje azul oscuro y una camisa negra. No llevaba corbata porque detestaba sentirme al borde de la asfixia con un pedazo de tela anudado a mi cuello. Sin embargo, si la jefa ordenaba que lo usara, tendría que ir a la tienda de segunda mano por alguna que otra que combinase con todos los trajes que tenía. Y no es que mi closet estuviese repleto de ellos, sino más bien, eran adaptaciones que hacía mamá de los trajes viejos de mi padre, a mi talle.

La oficina era bastante amplia, con un enorme ventanal que daba vista a los edificios financieros y comerciales más altos de Manhattan. Contaba con fax y una copiadora multifunción, una máquina de café y un pequeño frigobar, donde seguramente había bebidas del gusto de la jefa. El escritorio era de cristal y metal cromado, con un sillón de cuero negro giratorio. Sobre él había un ordenador táctil de última generación, un inalámbrico con el intercomunicador más moderno que había visto jamás y una agenda de cuero marrón, de aproximadamente doscientas hojas.

Mientras husmeaba la agenda e iba pasando las hojas que contenían —a cada cambio de página— caligrafías de personas diferentes, oí un pequeño bullicio y un portazo en la oficina del lado.

«Depilado brasileño – turno para las 03.00 pm» —leí en silencio, en un apartado con la fecha de hoy.

«Activar calendario de ovulación».

«Reservar cita con Luck».

¡¿Qué carajos era todo eso?!

No tuve tiempo de seguir leyendo, porque Gina ingresó a la oficina y cerré de golpe aquel cuaderno tan extraño.

—¡Hola, Ross! Me alegra que estés aquí. Ven a que te presente a Camile Harrison —dijo de forma natural.

Asentí, poniéndome de pie y caminando hacia ella, cuando noté que me observaba de pies a cabeza. Al llegar hasta Gina, enarqué una ceja y ella solo me dedicó una sonrisa de boca cerrada.

—¿No me digas que has cambiado de bando y me pedirás una cita? —pregunté burlón y ella negó.

—Ni en tus sueños, Ross. Solo me aseguraba de que estuvieras perfecto para el puesto —respondió, sin una sola pizca de nervios.

—¿Y cuál es tu apreciación final?

—Estás impecable. Definitivamente, le gustarás —replicó misteriosa—. La tendrás que acompañar a varios eventos y creo que estás magnífico para cualquier ocasión. Camile, a veces es un poco detallista en temas de vestimenta —aclaró, mientras la repasaba también, dándome cuenta de que no usaba uno de los típicos trajes amplios que solía llevar.

—Ya veo...

—Ven; vayamos antes de que se impaciente.

—¿Es cómo la describen?

—Para nada… si haces lo que te pide.

—Dime que no tengo que hacer todo lo que dice en ese cuaderno… —señalé mi escritorio. Gina se encogió de hombros y me mostró los dientes con una sonrisa forzada—. Por Dios... esto será más difícil de lo que imaginé —murmuré, mientras me frotaba el rostro y tomaba el aire necesario para conocer a aquella mujer.

Gina tocó la puerta antes de abrirla. Caminé tras ella, estudiando la enorme oficina que tendría las mismas dimensiones que mi departamento. Sobre el escritorio había alrededor de cuatro ordenadores con amplias pantallas. Tras ellas, solo se podía vislumbrar una coleta alta y rubia.

—Camile, quiero presentarte a Henry Ross, quien será tu asistente a partir de hoy —habló Gina.

Me acomodé de la mejor manera posible para presentarme, cuando la señorita iba poniéndose de pie y levantaba su rostro hacia mí, dejándome anonadado.

—Buenos días, Henry —rodeó su escritorio y, con una sonrisa jovial, se acercó hasta mí, extendiendo su mano—. Camile Harrison.

Después de asimilar que la rubia diminuta con la que había chocado se trataba de mi nueva jefa, extendí mi mano hacia la suya; al estrecharla, una sensación parecida a una descarga eléctrica, recorrió cada tramo de mi piel.

Por Dios que no me gustaba para nada todo lo que estaba sintiendo.

—Henry Ross —respondí con una seguridad camuflada.

Ella solo asintió, soltándose de mi agarre y regresó al sillón que ocupaba.

Pude estudiar su silueta, y aunque era bastante diminuta, sus proporciones eran justas y estaban bien distribuidas.

—Siéntate, por favor. Me gustaría conversar contigo sobre tus tareas —anunció y así lo hice, mientras Gina se retiraba, dejándonos solos—. Cuéntame algo sobre ti, ¿has terminado la universidad?

Fruncí el ceño y en sus labios se formó una media sonrisa.

—Sé que debes estar pensando en cómo no leí tu hoja de vida antes, pero no he tenido tiempo de nada y te pido disculpas por ello.

—Supongo que debe ser una mujer bastante ocupada. No se preocupe, señora —expresé de manera conciliadora.

—Señorita, Henry —aclaró—. De ahora en más, te referirás a mí como señorita Camile, o señorita a secas.

—Entendido, señorita Camile —asentí—.Y, respondiendo a su pregunta, me gradué con honores en economía hace un año. Llevaba trabajando dos años en una empresa contable, hasta el día de ayer, que me despidieron.

—Comprendo —entrelazó sus dedos, los vio y noté que sus hombros subían y bajaban por el largo suspiro que emitió—. No sé si Gina te habrá hecho comentario sobre lo que necesito hagas para mí, pero creo que distará mucho de las labores que llevabas haciendo en tu anterior empleo.

—Realmente, no dijo mucho. Y como necesito el trabajo, tampoco ahondé demasiado en las tareas. Si no le molesta, ¿podría explicarme? —pedí de manera directa, y ella se acomodó mejor en su sillón, llevando tras la oreja un mechón de pelo que había escapado de su coleta.

—Para ser sinceros, necesito que seas básicamente mi niñera, Henry. —Quise reír por aquel comentario, pero al parecer, hablaba muy en serio—. Seguramente has visto la agenda de cuero en tu escritorio; pues es lo que deberás hacer para mí.

—¿No hubiera sido mejor una mujer para el puesto? —pregunté con cierto sarcasmo y asintió—. Entonces, ¿por qué yo? —inquirí con curiosidad.

—Porque Gina me habló maravillas de ti y de que necesitas el trabajo —dijo sin rodeos—. Además, no tengo ningún prejuicio en que hagas esas cosas por mí. ¿Tú tienes alguno en contra de hacer lo que te pide una mujer? —indagó con curiosidad y emití un bufido.

—Prejuicio, no. Aunque, para ser sinceros, no entiendo de esas cuestiones. Sin embargo, como dije, necesito el empleo y haré lo mejor posible —asumí.

—Perfecto. —Sonrió y a los costados de sus labios se formaron unos hoyuelos que la hacían parecer una adolescente—. Dime, ¿tienes pareja? —consultó de manera abrupta y la miré sorprendido—. ¿Una novia, esposa… o amante?

—Creo que mi vida privada no es de su incumbencia, señorita —zanjé.

Ella se cruzó de brazos y me miró desafiante.

—Créeme que sí. Tendrás que acompañarme a eventos, viajes y quiero saber si podré contar por entero contigo.

—Lo hará, no se preocupe.

—Sé que tienes una hija con problemas y que básicamente todo tu salario va a parar en sus tratamientos. —Me tensé porque supiera tanto—. La empresa te otorgará un seguro para que no sigas preocupándote por los gastos médicos.

—¿Es en serio? —inquirí con incredulidad.

Un seguro para Jillian era demasiado costoso por su enfermedad, y que hiciera aquello por mí, me dejó gratamente sorprendido.

Ella solo asintió. Los seguros que ofrecían las empresas a sus empleados, no abarcaban el tipo de tratamiento de mi hija.

—Es un seguro muy costoso. Supongo que sabe lo que la niña padece si se ha tomado la molestia de investigar mis asuntos personales, y realmente no sé qué decir. Vaya... se lo agradezco.

—No te preocupes, Henry. Ya tendrás tiempo de pagarme... —murmuró con un matiz misterioso en su voz—, con tu trabajo, por supuesto, y haciendo las cosas a mi modo. Puedes volver a tu oficina. —Me despidió.

Salí de inmediato de aquel despacho. Al parecer, no todo lo que decían de Camile Harrison, era verdad.

***

La mañana trascurrió confirmando y cancelando citas con la manicurista, el peluquero, masajista... en fin. Después de todo, debía dar las gracias por haber conseguido otro empleo el mismo día en que perdí uno, y con unos beneficios generosos.

La semana pasó volando, y esa mañana del lunes, mi jefa llegó temprano, llamándome con prisa.

—Necesito que me acompañes a un cóctel. Ester, la recepcionista de este piso, te acompañará a una tienda para que te compres ropa adecuada. Escoge todo lo necesario, por favor, y no te preocupes por el dinero que correrá por cuenta de la empresa.

—Tengo más ropa en casa, si lo que llevo puesto no le agrada —mascullé, presionando los puños.

—No es eso y no pretendo ofenderte, pero necesito que vistas adecuadamente porque iremos a un cóctel de modas.

—¿De modas? —pregunté con incredulidad, mientras mis cejas prácticamente se unían por fruncir tanto el ceño.

—Así es. —Confirmó sin apartar la vista de una de las pantallas de ordenadores que tenía en su escritorio—. Sé que suena raro, pero en un evento de modas van los más grandes inversionistas del país... en busca de una modelo que quiera convertirse en su amante —enarcó una ceja bajo sus gafas—. Necesito encontrarme con un empresario español que no falta a esos lugares.

—Entiendo —dije, suspirando, completamente fastidiado. Al final, mi título universitario no sirvió de mucho—. Iré a buscar a Ester.

—Sí, ve —dijo sin más, mientras me ponía de pie para marcharme—. ¡Ahhh! ¡Estos números! Bendita sea la hora en que mi padre decidió dejarme a cargo —murmuró con fastidio, captando mi atención.

—¿Puedo ayudarla? —pregunté, más por curiosidad que por ganas de hacer de buen samaritano.

Además, no me vendría mal echarles ojo a los números. Eran lo mío.

—No lo creo... es complicado. Llevo unos años aquí y aun me cuesta comprender algunas cosas.

Me crucé de brazos y la miré.

—Soy economista, señorita Harrison.

Después de estudiarme por encima de los cristales de sus lentes, asintió.

—Bien. —Se puso de pie y me indicó que me sentara en su lugar—. Ven y tradúceme estos balances, si puedes.

—Veamos... —susurré, echándole ojo a esos balances que, definitivamente, estaban mal posicionados.

Era por eso que no los comprendía, pero, además, ¿cómo manejaba aquella empresa si no sabía de números?

—Mire —señalé la pantalla—. Estos datos de aquí no están bien ubicados. Por eso no los entiende. Seguramente, cada mes es diferente la manera en que se lo entregan. Es evidente que no desean que usted los domine. Ahora véalos de nuevo y dígame si no los vuelve a comprender. —Me puse de pie, cediéndole nuevamente su lugar.

—Pues, ahora sí... —asintió con la cabeza—. Esto es más parecido a lo que aprendí.

—¿Cómo es que no entiende de números y está a la cabeza de esta empresa? A la que, por cierto, no le va nada mal. Los anuncios de promoción son considerados uno de los mejores del país y no solo por la calidad y el ingenio, sino porque gracias a ello, venden como pan caliente las piezas que fabrican.

—Pues, porque soy publicista... —Se recostó en su sillón, cruzándose de brazos y viéndome con autosuficiencia—. Y... la encargada de esas publicidades. Por eso vendemos como lo hacemos. Gina me ayuda muchísimo, pero es abogada y siempre debo recurrir, en estos casos, a un asesor que fue la mano derecha de mi padre. Me paso parte de la noche trabajando en estos problemas. No quiero que piensen que no puedo con la empresa y, aunque no me agrada el trabajo, le prometí a mi padre que seguiría con el negocio familiar.

—Comprendo. —En ese instante se me había ocurrido una idea—. ¿Podría proponerle algo? —Me atreví a decir y sonrió maliciosamente.

—¡Vaya! Te me has adelantado...

—¿Cómo?

—Nada. —Sacudió una mano—. Mejor dime, ¿qué tienes en mente?

—Si usted se ocupa un poco más de sus cosas... personales, yo podría ayudarla con estos informes y los números. Puede confiar en mí, Gina me conoce y… yo no estaré tan perdido con esas cosas que me pone a hacer.

Sonrió con ganas.

—Déjame pensarlo —contestó—. Ahora, ve con Ester y luego hablamos de esto.

Asentí, marchándome junto a aquella mujer.

Cuando llegamos a una tienda exclusiva de hombres, me fijé en el precio de una de las corbatas que Ester había escogido y casi me voy de culo por los ceros que llevaba. Me sentía muy fuera de lugar; esas cosas no me agradaban para nada, pero de momento nada podía hacer.

Acepté de mala gana todas las bolsas que la dependienta me entregó y salí enfundado en un traje de tres piezas y sin corbata. Ester me veía conforme con mi nueva apariencia y yo, incómodo, desviaba los ojos porque no quería hacerla sentir mal. Después de todo, solo estaba cumpliendo órdenes.

—La señorita Camile te espera en el hotel The Plaza, Henry. El chofer te llevará luego de dejarme en casa. Espero que te diviertas —dijo de manera suave la mujer que tendría unos sesenta años.

—Gracias por todo, Ester. Aunque no sé para qué se toma tantas molestias.

—Tal vez quiera presumirte. Eres muy atractivo y no me mires como si no lo supieras, muchacho. —Sonreí—. Camile puede parecer un ogro, pero en el fondo es una muchacha que ha sufrido mucho desde pequeña y está tratando de no decepcionar a su madre y a la memoria de su padre. Tenle algo de paciencia, porque intuyo que con el tiempo, se entenderán.

—Es que esto no es lo mío. No me maté estudiando una carrera para ser una cara bonita que presumir, ni concretar o cancelar citas en el salón de belleza —resoplé con frustración.

—Entonces, demuéstrale que puedes hacer más. Pruébale que puede contar contigo para más que eso y verás cómo te ganas su confianza y, en un pestañeo, te dará un puesto acorde a tus habilidades. Ella necesita a alguien que la asesore de cerca con los números, pero es terca como su padre y se pasa las tardes, noches y fines de semana, haciendo todo el trabajo en su casa con un asesor de confianza, que ya está mayorcito, igual que yo.

—¿Cómo es que sabe tanto?

—Porque fui la asistente personal de su padre; estoy a meses de retirarme. Además, el economista que la asesora es mi esposo y ya lo quiero descansando a mi lado en las noches, pero ambos sabemos que esa niña lo necesita —suspiró resignada—. Mi casa es aquí, muchacho. Mucha suerte y cuida de esa niña.

—Gracias, Ester. Así lo haré.

Nos despedimos y el chofer me llevó al hotel donde se haría el bendito cóctel. Cuando llegamos, sentí un interminable resplandor de flashes y entré aturdido a aquel elegante lugar.

Divisé a la señorita Harrison y me dirigí rápidamente hacia ella. Cuando nuestros ojos se encontraron, pude notar que recorría mi cuerpo con la mirada, enarcando una ceja y asintiendo conforme, mientras volvía a prestarle atención a la mujer con la que conversaba.

Me acerqué y ella se despidió, volviéndose hacia mí con una copa en la mano.

—Buenas tardes, señorita —saludé.

—Buenas tardes, Henry. Déjame decirte que luces de maravilla.

Con una sonrisa de lado, enredó su brazo al mío y comenzamos a caminar, saludando a gente que en mi vida había imaginado conocería.

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