Chapter 4 Me gusta

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HENRY

La suave brisa nocturna nos acariciaba de manera fresca y suave, ondeando su extensa cabellera rubia. La oí respirar y mis ojos viajaron a sus perfectos senos, que subían y bajaban bajo aquella prenda de seda que se ceñía a su cuerpo pequeño y perfecto. Era hermosa, demasiado preciosa para mi propia tortura.

Estaba ebria, pero se veía tan sensual de aquella manera, tan humana. Comprendí en ese momento que los problemas y los sentimientos no hacían diferencia entre las clases sociales. Ella también llevaba su martirio por dentro, también sentía dolor y temor como cualquier otra mujer.

—¿Estás mejor? —pregunté.

Camile se humedeció los labios, sin dejar de mirarme. Sus ojos pardos cambiaban de color; trocaban de intensidad cuando hablaba de algo que la apasionaba o se enfurecía, como hace un rato. Tragué con fuerza y negué internamente. Ella estaba fuera de mi alcance y además, no estaba listo para volver a sentir. En un lapso corto de tiempo, aquella mujer me hacía cambiar de parecer a cada paso.

—Tal vez… —susurró, encogiéndose de hombros, sin dejar de estudiarme.

—Creo que es hora de que vayas a casa —sugerí con firmeza y ella asintió, acercándose un poco más.

A pesar de que no era demasiado alta, tenía unas curvas sensacionales. Era esbelta y olía suavemente a un perfume apacible que me embriagó por completo, por lo profundo y sutil. Se aferró a mi cuello y, con aquellos ojos de color verde fuego a la luz de la luna, me invitó a repetir la acción del hotel. Cuando la volví a tener entre mis brazos, mientras sus pequeñas manos acariciaban mi nuca y sus dedos ondulaban mi pelo, sentí como una especie de cosquilleo recorría cada tramo de mi piel.

El trayecto a su piso fue una tortura mental; nunca antes había sentido cosas parecidas y tan diferentes al mismo tiempo. Cuando viré mi rostro para observarla, noté que se había quedado dormida. Respiré hondo, buscando en su GPS algún registro de su dirección.

Verla vulnerable, sufriendo por un trago amargo del pasado, hizo que la mirase diferente. Volví a observarla y sus labios se veían húmedos, entreabiertos, exhalando y emitiendo un suave sonido. Me mojé la boca con la lengua, pensando en cómo sería probar la suya, en tanto me pasaba una mano por el pelo y trataba de mantener la cordura para no cometer una estupidez. Cuando di con su edificio y llegamos, traté de despertarla, pero fue imposible. El conserje de inmediato me dejó pasar al ver que la estaba cargando a ella y me indicó su piso, no sin antes hablarle a Gina y que ella le confirmara que me diera acceso.

Cuando las puertas del elevador se abrieron, me di cuenta que el departamento de Camile ocupaba todo el piso y, tal como dijo el portero, la puerta estaba sin seguro. No sabía cuál era su habitación, por lo que seguí un pasillo levemente iluminado, abriendo la primera puerta. La deposité de manera suave en la cama y me dije a mí mismo que no podía dejarla sola en esas condiciones, por lo que dormiría en el sofá hasta que al menos despertara.

Quise desprender sus manos de mi cuello para que se quedara en la cama, pero sentí cómo ella se aferraba aún más a mi cuello. Con los ojos cerrados, besó de improviso mi boca.

—Quédate conmigo... —susurró y mi cuerpo entero entró en una terrible tensión.

—Camile, mejor duérmete ya. Te hará bien —dije, contenido, tratando de no seguirle el paso a los besos de esa mujer.

—No. Tengo frío; abrázame por favor… —musitó en cambio, sin soltar mi cuello.

Suspiré resignado, deshaciéndome del saco y el chaleco, para pasar sobre ella y recostarme a su lado. Camile tomó mi mano, llevándola hacia su vientre y acurrucándose de espaldas a mí.

—Gracias... —volvió a decir y, en cuestión de segundos, se rindió al sueño.

Traté de relajarme un poco, porque su cercanía me causaba cierta inquietud desconocida, prometiéndome a mí mismo que antes de que despertara, me marcharía.

En mi memoria quedaría impregnada la fragancia de su pelo y, en la de ella seguramente, la de un empleado que la trajo a casa cumpliendo con un deber.

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