Chapter 3 Quiero conocerlo

Chapter 3 Quiero conocerlo

CAMILE

Cuando vi a Henry enfundado en aquel traje Dolce —color azul cielo de tres piezas—, y la camisa blanca a medio abotonar bajo la chaquetilla que definía su estrecha cintura y su torso amplio, sonreí de manera estúpida, sintiéndome la mujer más afortunada del mundo.

Por su semblante, pude adivinar que no estaba para nada a gusto, pero con el correr de los minutos y un poco de champagne de por medio, fue desapareciendo la tensión de su cuerpo.

Mentiría si dijera que no disfrutaba cómo mis ex amigas me veían con envidia por andar del brazo del hombre más atractivo del evento. No había dudas de aquello; Henry era demasiado guapo para su propio bien y aquellas mujeres lo miraban de la misma manera en que lo hacía yo: con deseo.

Todo iba de maravilla. Cuando conversamos con el inversionista español, Henry intercedió en varias ocasiones por mí y conseguí que aceptara reunirse conmigo la siguiente semana. Además de guapo, era muy listo. Una combinación demasiado peligrosa y excitante para mi integridad física y emocional. Entonces, y como nunca las cosas podían ser perfectas, me topé con Cristopher Williams: mi endemoniado ex prometido.

—Camile... —susurró, acercándose con su nueva novia—. Es un placer verte. ¿Cómo has estado? —preguntó con interés, ignorando a Henry por completo.

—Hasta hace un momento, estaba de maravilla —respondí con desdén—. Si me disculpan, debo ir a conversar con algunas personas —me excusé, mientras Henry se volteaba junto conmigo para marcharnos.

—¿Y este hombre, Camile? —preguntó Verónica, la acompañante de Cristopher, con cierto matiz de celos en sus palabras—. No me digas que has cambiado de modelito. ¿Te aburriste de Raphael?

—¿Disculpa? —frené el paso y me volteé hacia ella—. Al menos, no busco variedad entre los novios y prometidos de mis amigas, y solo para que te atragantes con tu propio veneno, querida Verónica, este hombre como bien dices —miré a Cristopher de pies a cabeza, dejándole claro que aquella palabra le quedaba demasiado grande a él—, es un gran economista que no tiene que andar presumiendo nada para ganarse la vida.

—¿Economista? —indagó con chasco y sentí a Henry tensarse—. Déjame decirte que está bastante guapo. No cabe dudas de que tienes buen gusto, pero este hombre tiene de economista lo que yo de doctora. ¡Mírale la pinta! Es como si lo hubieras sacado de un catálogo de la última colección de Dolce, querida.

—Piensa lo que quieras, y si te deja más tranquila, toma tu teléfono y marca a Columbia. ¿O prefieres que Henry te envíe por fax una copia del título que ha conseguido con honores?

—Ay, Cami. ¡No te aguantas ni una sola broma, por Dios!

—No. Lo que no soporto es oír nada de lo que venga de tus asquerosos labios, Verónica. Y mejor hazte a un lado, que tengo cosas más importantes que hacer que perder el tiempo con ustedes.

—Cam, por favor, no te pongas así. Solo fue una broma —intervino Cristopher, tomándome del brazo.

—No me llames así y suéltame.

—Camile, debemos hablar... —insistió; de reojo veía como Verónica estaba a punto de explotar.

¿Y a quién en su sano juicio le gustaría que su novio estuviera de aquella manera con la mujer que estuvo a punto de desposar?

—¿No escuchó a la señorita? —intervino Henry, antes de que pudiera responder.

Mis ojos estaban a punto a aguarse. El dolor que me causó el hombre que asía mi brazo en ese instante, aún seguía siendo indescriptible. Cristopher me soltó despacio, en tanto se medía visualmente con Henry, quien aferró con más fuerza mi mano a su brazo y sin decir más, nos marchamos. Mi mirada de inmediato se cristalizó y no pude contener mis ganas de llorar, por lo que salí de manera apresurada por la parte lateral del salón. Al llegar al jardín desierto, cerca de una fuente, solo me abracé a mí misma y dejé fluir todas las lágrimas contenidas. Sentí, de repente, que cubrían mis hombros y por el exquisito aroma a menta, que seguramente era de un gel de ducha, supe que se trataba de Henry.

Delante de mí apareció una pequeña copa con un líquido color ámbar.

—Bébetelo, te hará bien —ordenó.

Solo obedecí, sintiendo como me ardía la garganta mientras el licor pasaba a través de ella.

—Necesito otra —murmuré—. ¿Dónde la conseguiste?

Tomó mi copa y la rellenó desde una botella de Louis XIII.

—Al parecer, me confundieron con el novio de una importante empresaria. —Se encogió de hombros, extendiéndome de nuevo la copa—. ¿Qué ocurrió allí dentro? —preguntó con tono preocupado.

—Creo que necesitaré toda la botella para hablar de ello... —suspiré—. ¿Puedes sacarme de aquí, Henry? Llévame a cualquier sitio donde no tenga que respirar el mismo aire que esas personas hipócritas.

—Está bien, pero no tengo coche.

Saqué de mi neceser las llaves de mi BMW.

—Creo que ya tenemos trasporte. Por favor, sácame de aquí. No soporto estar ni un segundo más en este lugar.

Cuando quise caminar, tambaleé por los tacones que se hundían en el césped y, para mi sorpresa, él me cargó entre sus brazos y me sacó del hotel. Me abracé a su cuello y aspiré aquel aroma embriagador que, desde que había chocado con su cuerpo, se había impregnado en mi memoria.

Mientras él conducía, yo seguí bebiendo de aquella botella y creí que hablar sobre lo que sentía me haría bien.

—Era mi ex prometido… —murmuré y desvió su vista hacia mí por un breve instante—. Íbamos a casarnos, pero me engañó con la mujer que estaba con él. Ella también es publicista; una ex compañera de universidad y ex amiga.

—¿Como los descubriste?

—Dos días antes de la boda, en la cena de ensayo. Él fue por una botella de vino a la bodega de mi casa, pero se estaba tardando, por lo que fui a buscarlo. Lo que vi... fue horrible. Ellos estaban teniendo sexo bajo mi propio techo. Cuando Verónica me vio, solo sonrió con suficiencia, como si me estuviera diciendo que ella me había ganado o quitado lo que más quería. Él, solo se quedó callado... ¿y qué podría decir a su favor?

—Lo lamento...

—Pues yo no. Sabes que al final de todo, creo que fue mejor saberlo antes de casarme que después.

—En eso te doy la razón y lamento si te molesta que te tutee —dijo con seguridad y una voz rasposamente sexy.

Solo negué con la cabeza.

—Lo que menos me preocupa es eso, Henry. Descuida.

Sentí como disminuía la velocidad y aparcaba el coche. Bajó primero él y fue hasta mi puerta a abrirla para mí, extendiéndome su mano para ayudarme a bajar. El vestido color turquesa que tenía puesto, ondeaba con el viento y mi pelo seguía los movimientos de las telas disparejas del modelo que llevaba. Estábamos a orillas del río, donde se podía apreciar el reflejo de la luna sobre las aguas. Un leve mareo aturdía a mi cuerpo y un intenso calor quemaba mis mejillas, por lo que me tomé de la baranda que estaba hundida en el muro de piedras que separaba las aguas del área urbana. Estaba levemente ebria; lo sabía por el descaro que se iba anteponiendo a mi cordura.

—¿Nunca te has enamorado? —Le pregunté.

Él, recostando su cuerpo a mi lado, asintió mirando a la nada.

—¿Qué ocurrió?

—No terminó como esperaba. Ella se embarazó y luego de tener a la niña, con múltiples problemas de salud porque no se había cuidado durante el embarazo, se marchó...

—Lo siento mucho… —murmuré.

Henry le restó importancia al asunto, como si ya no contara con ello.

Ambos permanecimos en silencio por lo que parecieron horas cómodas, en tanto mis ojos no dejaban de imaginarlo desnudo, sobre mi piel, con sus manos recorriendo mi cuerpo y esa sensual boca devorando la mía, torturándome como muchas veces lo deseé desde la primera vez que lo vi.

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