Chapter 5 Mi propuesta

Chapter 5 Mi propuesta

CAMILE

Me removí de manera lenta y sentí una leve presión en mis sienes; sin embargo, lo que me perturbaba era el intenso calor que amenazaba con quemarme el alma. La sensación era tan agradable, que me aferré aún más a la fuente que emanaba fuego hacia mi cuerpo. Entonces, me percaté que mi pequeña cintura estaba rodeada por un fuerte brazo, cuya mano hacía presión en mi vientre, acercándome más a un torso duro y tentador. Giré sobre mí misma, quedando de frente con la figura imponente de un hombre moreno que vestía casi todas sus prendas.

«Oh, por Dios», susurré muy bajo, impresionada.

Henry estaba dormido y se veía tan pacífico, emitiendo leves suspiros entre sueño.

Admiré su hermoso rostro; cada trazo pareció haber sido cincelado por un escultor experto, para que luego, de un leve soplido, Dios lo hubiera hecho cobrar vida con el fin de recrear la vista de mujeres como yo. Moría de ganas por recorrer, con mis dedos, las líneas de expresión que tenía su cara.

Estuve cuerda cuando me aferré a su cuello y le susurré que me abrazara, aunque él pensó que estaba medio dormida y ebria. Sin embargo, fue el único modo de lograr que se quedara sin arruinar todo mi plan.

Experimentar su abrazo y estar dormida entre ellos, reafirmó la idea de hacerlo mío bajo las condiciones que ya había establecido con Gina. Sabía que estaba jugando con fuego y que tal vez, me terminara quemando más temprano que tarde, pero Henry simbolizaba un imán al que no podía evadir; lo supe desde el día en que nuestros cuerpos chocaron y que no me trató con desmedida consideración por ser quién era, y en todo el tiempo que llevábamos viéndonos como empleado y jefa, no ha cambiado su trato conmigo en ningún sentido. Además, me excitaba sobremanera la idea de tenerlo en mi cama y existían ciertas cosas de su actitud que me atraían aún más.

Gina tenía razón en que una relación con alguien como él era imposible. No por él, y mucho menos por mí, sino por el resto de las cosas y las personas que nos rodeaban. Mi madre... tal vez hasta terminara aceptándolo, pero los socios de la empresa verían inapropiado que la presidenta de Harrison Enterprise tuviera una relación sentimental con un donnadie como Henry. Sería el principio del fin de la empresa que con tanto esfuerzo construyó mi padre; sería echarle más leña al fuego en el que deseaban, de alguna u otra manera, verme arder, completamente derrotada.

Inspiré rendida por la fragancia que despedía su cuerpo. Era tan varonil y tan... él. Quizás, una relación con Henry fuera imposible, pero enamorarse de alguien como él podía ser demasiado fácil.

Sin esperarlo, lo sentí removerse y volví a cerrar los ojos para que no descubriera que lo estaba mirando. Despacio, quitó su mano de mi cintura y fue incorporándose de la cama. Entre pestañas, vislumbré cómo, a hurtadillas, iba rodeando el lecho y recogía sus prendas del piso. Se recostó en el marco de la puerta, observándome por un momento desde el umbral, hasta que decidió marcharse. Después de un rato, me abracé a la almohada y aspiré su esencia; si iba a hacer aquello, tenía que acostumbrarme a que se fuera de aquella manera, porque, si aceptaba mi propuesta, le pagaría para que me hiciera compañía, para que expiara a mi cuerpo y no para permanecer en mi cama a hacerme arrumacos ni a dedicarme palabras dulces que, para mi propio mal, añoraré que salgan de su boca.

Un mes después...

El humor que tenía iba de mal en peor. Las cosas estaban marchando demasiado bien entre Henry y yo, y estábamos a un día de cumplir el mes.

Al final, acepté su oferta y dejó de lado sus labores de asistente para dedicarse de lleno a revisar conmigo las finanzas de la empresa, los reportes semanales y los balances, y no podía negar que era bueno en lo que hacía. Frustrada, dejé caer las manos sobre el escritorio y eché mi rostro en ellos. Me sentía extraña, vulnerable e insignificante; no quería hacerme ideas amorosas en relación a él y tenía que mantener en pie el plan de que sólo sería un hombre al que le pagaría por hacerme pasar un buen rato. Nada más.

Si tan solo fuese una empleada del montón, sería libre para expresar todo lo que en este tiempo despertó en mí, porque, aunque deseaba negarlo y borrar de mi mente lo que ocurrió aquella vez que me llevó a casa, no podía y no quería. Y si para tenerlo entre mis brazos debía comportarme como todos los hombres con dinero lo hacían, definitivamente lo haría. Me gustaba demasiado, me hacía tener ideas locas, fantasías absurdas en relación a un nosotros y eso me asustaba. Pero necesitaba probarlo, necesitaba tenerlo sobre mi cuerpo, calentando mi piel y haciéndome el amor como tantas noches, en este largo mes, anhelé. No obstante, me preocupaba lo que pensaría de mí al hacerle aquella loca, pero necesaria propuesta. Tenía miedo de decepcionarlo y al final se termine alejando, dejando de lado el trabajo. Sin embargo, no podía arriesgarme de nuevo. No con él. Ya bastantes lágrimas derramé y muchos millones había tirado por los errores que cometí al escoger mal a un hombre. Tenía que pensar que el amor era un absurdo romántico que no tenía cabida en mi agenda y que, además, solo me traía sufrimiento y pena, por lo que no servía de nada.

Podía numerar las veces que supliqué en silencio, que alguien me viese con amor y devoción; que al decir lo que tenía dentro no terminara destrozada como en ocasiones anteriores. Si citara aquellas incidencias, se entendería el temor que me asechaba de que volviera a suceder lo mismo, ya sea con Henry Ross o con cualquiera.

—¿Luchando contra tu conciencia? —La voz compasiva de mi amiga, irrumpió mis pensamientos.

—¿Qué comes que adivinas? —dije, sin levantar el rostro.

Quería ser un avestruz y meter la cabeza en un hoyo hasta que toda esta mierda de estúpidas ideas y sentimientos me dejaran en paz.

—¿Quieres hablar? —Tomó asiento delante de mí.

Elevé la cabeza, recostándola en el respaldo del sillón para verla a los ojos.

—No creo que haga falta decirte lo que está sucediendo...

—Ya lo sé. Pero, de todas maneras, hablar alivia la carga.

—Es todo lo relacionado a la propuesta, Gina. Tengo miedo de que se termine marchando sin más. Y no entiendo, ¡por qué carajos me importa tanto que lo haga! Si, así como él, deben de haber muchos morenos atractivos que no me lo pondrían tan difícil. La verdad es que no sé qué me está pasando. Él... él es diferente, es algo...

—A lo que no estás acostumbrada y por eso te atrae más de lo normal. —Terminó la frase por mí—. Eso ya lo sabías, Camile. Te lo advertí, pero no quisiste escucharme.

—Lo sé... y ahora no sé qué sucede conmigo. No concibo un solo día sin verlo entrar por esa puerta para hacerme algún que otro comentario financiero del que no comprendo un pito, porque no le presto atención a sus palabras. Solo me quedo como una estúpida, dibujando en mi mente sus perfectas facciones. Estoy volviéndome loca...

—Vaya... esto sí que fue rápido —sonrió.

—Dime sinceramente, Gina: ¿crees que deba proponérselo? O debo echarme para atrás. Hasta hace veinticuatro horas, estaba segura, lo sigo estando porque creo que es la única manera de protegerme si voy a estar con él, pero a la vez, tengo miedo de que me mandé al demonio y se termine marchando.

—Aunque quisiera, Camile, no te mandaría al demonio.

—¿Cómo lo sabes?

—Intuición, tal vez. Algo me dice que él se siente igual que tú, pero ofrecerle dinero puede que lo ofenda. Sin embargo, el que no arriesga, no gana.

—¿Ya recibió la primera paga? —Me encontré preguntando.

—Lo hizo, y creo que deberías de hacerle la oferta.

Gina tenía razón y si no me arriesgaba, no sabría qué ocurriría. Además, prefería saber de una vez por todas si lo tendría o no de la manera en que me imaginaba. O si debería quitarme de la cabeza a ese hombre, en caso de que saliera huyendo, como estaba segura lo haría.

—Lo haré, Gina. Es más, lo haré ahora mismo —dije decidida.

—Tú puedes, Cami. Lánzate de una vez... —Me mostró sus pulgares y ambas reímos por el tono empleado.

Sin embargo, tuve ganas de lanzarme al precipicio desde mi ventana, por el bochorno.

—Vete de una vez para que pueda hablarle —pedí ansiosa—. Ya necesito quitarme de encima esta sensación de ahogo que no me deja respirar tranquila.

—Suerte, leona...—respondió entre risas y le aventé una pluma.

Respiré serena una vez que Gina se marchó.

Fui hasta el tocador privado de mi despacho y me miré en el espejo; tenía leves ojeras porque el maldito recuerdo de Henry no me dejaba dormir. Deslicé el cepillo a través de mi larga cabellera rubia, retoqué un poco el labial color durazno que ensanchaban aún más mis labios y me tiré un poco de perfume encima. La blusa blanca me la alisé con las manos, tirando un poco más los pliegues debajo de la falda cuadrillé en tono blanco y negro que vestía a juego. Las medias negras y los tacones de charol le daban el toque final a mi aspecto y traté de sentirme segura con la imagen que me devolvía el espejo.

—Tú puedes, Camile. Lo quieres, lo deseas y lo tendrás. —Le susurré a mi reflejo, ensayando una postura segura para demostrarle a Henry que no era un juego, ni estaba bromeando.

Tenía que trasmitir la convicción en mis palabras, tenía que lograr que dijera que sí.

Salí del tocador, tomé asiento y marqué a la oficina de Henry. En menos de cinco minutos ya lo tenía sentado frente a mí y los nervios me carcomían por dentro.

—Antes que nada, Henry, quiero pedirte que me escuches atentamente y no salgas corriendo sin que termine de hablar…

Su semblante se tornó preocupado.

—Escuchándola decir eso, creo que lo más factible es que salga corriendo. ¿Me va a despedir? —inquirió preocupado.

Negué.

—Por supuesto que no. Todo lo contrario.

—No comprendo...

—Además de mi asistente, quiero contratarte para otro puesto más, donde la paga sería esta cifra… —deslicé, por encima del escritorio, el trozo de papel en el que había escrito la cifra que le pagaría por sus servicios.

Tomó el papel, mirándolo asombrado y luego fijó su mirada en mí con incredulidad.

—Esa sería tu paga, además de tu salario de asistente, por supuesto, en caso de que digas que sí a mi propuesta.

—¡Por Dios! ¿Hay que asesinar a alguien? Solo eso explica la cifra que pretende pagarme por ese otro trabajo... que no ha mencionado de qué se trata —enarcó una ceja con suspicacia, aguardando mi explicación.

—Por supuesto que no debes matar a nadie, Henry. El trabajo que te estoy ofreciendo no es para nada… pesado. Solo deberás estar a mi lado, todo el tiempo que lo requiera.

—¿Quiere que sea su guardaespaldas? —preguntó, cruzándose de brazos.

Yo, como una estúpida, lancé risas nerviosas por no poder decir lo que realmente quería que fuese.

—Creo que debo ser un poco más directa… —murmuré y me puse de pie, rodeando mi escritorio y reposando mis caderas en el borde del mueble, frente a él—. Henry, te estoy ofreciendo que seas mi acompañante, que estés disponible para mí a la hora que yo lo diga. No sé si me has entendido mejor esta vez —imité su acción y me crucé de brazos, expectante a su respuesta. Sus ojos repasaron mi rostro, como si buscara algún destello de broma en mis palabras—. Hablo en serio. Te pagaré esa cifra si te conviertes en una especie de novio, sin rótulos, por supuesto, pero alguien que haga las mismas cosas que haría un novio. Que me acompañe a lugares, aunque sin demostraciones públicas, pero que satisfaga mis necesidades de mujer en la intimidad. Sin reproches, sin vender información acerca de mí a la prensa, sin ataduras sentimentales y con un contrato de por medio —terminé de hablar y respiré—. ¿Qué dices? Sé que necesitas el dinero y yo... yo te quiero a ti de la manera en que te acabo de explicar. Puedes pensarlo si lo...

—No tengo nada que pensar, señorita Harrison —arrojó sin rodeos, furioso.

Me quedé petrificada porque, al parecer, las cosas no saldrían como las había planeado.

—Pero creo que podemos...

—¡No podemos nada! —Me interrumpió de nuevo, con una voz potente y poniéndose de pie—. ¡¿Se está oyendo?! —preguntó, conteniendo las ganas de gritar—. Déjeme resumir lo que entendí: ¿Usted me está pidiendo que sea su prostituto?

—Encasillar lo que te ofrezco a eso, es absurdo, Henry. No pretendo que lo veas de esa manera. Es un trabajo más...

—Ofrecerme dinero para que me acueste con usted, ¿no es sinónimo de prostitución, señorita Harrison?

—Bueno, viéndolo desde tu perspectiva...

—¡Viéndolo desde cualquier perspectiva, lo es! Y créame que no estoy tan embarrado por dentro como para aceptar semejante estupidez. No sé a qué tipo de personas está acostumbrada... o si está habituada a tenerlo todo poniendo un fajo de dinero en las narices de cualquier imbécil, pero conmigo se equivocó.

—No lo tomes de esa manera, Henry. Si no estás interesado...

—¡¿Qué no lo tome cómo?! ¡Usted me está ofreciendo dinero por sexo! —gritó y mis rodillas temblaron por el rumbo que iban tomando las cosas—. ¿Qué tiene en la cabeza? ¿Acaso se considera demasiada poca cosa como para conquistar a una persona y salir en una relación normal como todo el mundo? ¿O es que simplemente le apetece un revolcón con el asistente de turno? Claro... a la niña le gustó el asistente pobretón y se lo quiere comprar. Al parecer, no es tan diferente a lo que los rumores dicen. Es más, es peor de lo que dicen, y si creyó que por no tener recursos aceptaría su propuesta, se equivocó, porque existen dos cosas que ni el dinero ni el poder le pueden dar o quitar a una persona: el orgullo y la dignidad. —Se pasó las manos por el rostro y luego por el pelo que se le había alborotado por la efusividad con la que me estaba atacando—. Creo que lo mejor es que me marche. Gracias por la oportunidad y mañana mismo tendrá mi carta de renuncia sobre su escritorio. Adiós.

—Henry... por favor, no tienes que irte. Olvida lo que dije si no estás de acuerdo. No tienes que renunciar —caminé temerosa tras él.

Paró en seco. Sin voltearse, emitió una risa sarcástica que me oprimió el pecho.

—Creo que aún no termina de comprender el grado de ofensa que le ha hecho a mi persona, señorita. Lo más sensato que puede hacer es cerrar esa boca de la que solo salen estupideces. Adiós —zanjó seguro, cruzando la puerta de mi oficina y perdiéndose tras ella.

Bajé los hombros en señal de derrota y tragué con dificultad por el nudo que se había formado en mi garganta. Los ojos me ardían y sentí un frío recorrer mi cuerpo.

Se fue... simplemente se marchó, dejándome una sensación de vacío y soledad inexplicable.

Caminé hasta mi escritorio, resignada, repitiéndome a mí misma que no lloraría, que así como él, había cientos de hombres y que cualquiera estaría complacido de recibir una propuesta como la que le había hecho a ese insensato.

Me lancé a mi sillón y de uno de los cajones saqué una tableta de chocolate que me llevé a la boca para calmar la ansiedad que se estaba apropiando de mí. Todo pasaría y pronto lo olvidaría. Además, ni siquiera era mi tipo.

—¡Ahhh! Estúpido y sensual Henry Ross... —murmuré, quitándome los zapatos y elevando las piernas sobre el escritorio.

—¿Emulando a Homero a tan tempranas horas? —Gina interrumpió, otra vez.

—Mejor ahórrate tus bromas y tu sarcasmo, porque no estoy de humor, Gina.

—Te mandó al demonio... —conjeturó.

—Es un estúpido. Necesita el dinero y se da ínfulas de moral y tonterías.

—Entonces, búscate a otro que no sea estúpido y diga que sí a tu propuesta —replicó, como si fuera lo más lógico del mundo.

—¡Sabes que lo quiero a él! No quieras verme la cara tú también. Tengo bastante con el mal trago que resultó todo.

—Respóndeme algo: ¿por qué él? ¿Por qué te has encaprichado tanto con ese hombre?

—No lo sé.

—Camile...

—Creo que me gusta de verdad, pero no quiero oír que me lo dijiste y todos los reproches habituales. Solo quiero que me escuches —resoplé cansina y ella tomó asiento—. Hay algo de él que me atrae mucho. En realidad, no es algo, sino todo. He llegado hasta imaginar que soy una persona común y corriente, sin dinero ni responsabilidades, que se enamora de un muchacho sencillo, honesto y trabajador como Henry, y a quien él corresponde porque somos iguales. Son estupideces que ocupan mi cabeza y tengo miedo de dar vida a esas ideas y terminar enamorada de él. Ambas sabemos que, si se trata de sacarme las ganas, una vez que lo haga, esos tontos pensamientos se irán.

—¿Y si no fueran simples ganas? Y, si al tenerlo una vez, ¿quieras más?

—No sé, porque, al parecer, no ocurrirá. Renunció y se marchó, dejando en claro que era su persona menos favorita en estos momentos —expliqué.

—Dale tiempo, sé que volverá —respondió confiada y con halo de misterio.

—Tú sabes algo y me dirás de qué se trata, ahora mismo.

—La verdad que sí —afirmó, cruzándose de brazos—. Hay algo que hará que Henry vuelva y lo tengas rendido a tus pies.

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