CAMILE
—Por supuesto que puedo obligarte. Recuerda que has firmado un contrato…
Se tensó de inmediato y me vio con incredulidad.
—Dijiste que ese maldito contrato lo invalidarías.
—Aún existe y, por lo tanto, puedo disponer de ti cuando lo desee —respondí mordaz, ganándome una tosca mirada.
—Eres increíble —masculló con molestia, pasando sus manos por su rostro y pelo.
—Necesito que hablemos y no querrás hacerlo aquí, Henry Ross. O vienes conmigo, o toda tu familia sabrá del trato que tenemos. Tú eliges —amenacé sutilmente, pero sin atisbo de dudas y noté como su pecho subía y bajaba por su agitada respiración.
Estaba enfadado, cabreado y mucho más. Pero...