CAMILE
Vislumbré el anillo que hace instantes Henry había colocado en mi dedo, y me sentí la mujer más afortunada del mundo.
Permanecimos abrazados, a la luz de la luna, en el jardín trasero de aquella casa que sería parte de mis recuerdos por siempre, aspirando el aroma de su cuello, donde tenía mi rostro se hundido. Sentí sus manos deslizarse a través de mi espalda desnuda, por el vestido blanco de escote trasero y lazo en el cuello que llevaba puesto. Su camisa azul noche, adherida a su perfecto torso, no era inconveniente para sentir la tibieza de su piel.
Levanté mi rostro, llevando mi boca hasta la suya...