CAMILE
Daniel Adams tenía muy bien fraguado ese plan. No había dudas de ello. Si no, ¿cómo se explicaba que hubiese venido preparado para imponerme a su hermana como avizora de nuestros pasos? ¡Era ilógico que lo supiera! Y lo peor de todo, me daba la ligera sensación de que Gina y esa mujer se conocían a la perfección.
—No sabíamos que tenía una hermana, señor Adams —musitó mi amiga, completamente lívida, mientras sus intensos ojos azules repasaban a la pelirroja que la veía de igual manera.
El señor Adams solo sonrió, como si sintiera placer y regocijo al habernos tomado desprevenidos de tal manera.
—No era obligación que lo...