GINA
Me removí inquieta, entre las sábanas blancas, por la molestia que implicaba a mis ojos los rayos del sol. Miré a mi lado y la cama se encontraba vacía. Una punzada de decepción presionó mi pecho y resoplé con hastío.
¿Qué habría pasado para que se marchara sin despedirse?
Esa noche me dejé someter y querer como nunca antes lo había hecho. Me entregué por entero, sin reservas, sin ningún pero, y sin embargo, me encuentro con la sorpresa de que ella se había marchado. Me incorporé con frustración, buscando mi bolso para coger el móvil. A paso lento, caminé hasta un rincón de la habitación, sacándolo y mirando...