—¿Y te lo dejó hasta cuándo? —pregunté, mirando al bebé. Una media sonrisa surgió de mi boca cuando noté que succionaba su manita con ternura, era una cosita preciosa y era mi sobrino. De pronto, comprendiendo por fin el panorama, mi corazoncito se llenó de amor por aquel pequeño ser que tenía la marca de los Sandoval en el cuello, una mancha redonda perfecta.
Hizo una mueca. Una mueca. ¿Doña cara de póquer?
—El tiempo es irrelevante.
El pequeñajo bostezo. No sabía que yo estaba mirándolo diferente cuando mi madre susurro:
—Eso es, serás su tía y deberás cuidarlo bien. ¿Quieres cargarlo?
Creo que asentí, estaba embobada mirándolo. Después de...