¡Qué chingados! ¿Escuchan eso? Fue el disparo imaginario que me dí a mi misma. Tomé unas servilletas e intenté limpiar mi desastre. Sus manos tocaron las mías, deteniendo mis movimientos frenéticos.
—Tranquila, ha sido un accidente. ¿Quieres subir a limpiarte? —Su tono tranquilizante consiguió relajar mis nervios un poquito, porque notaba las miradas de las personas. Quería que aquella cortina se enrollase en mi cuello y me diera una muerte silenciosa. Por otro lado, la idea de subir a su cuarto era bastante atractiva. Quién sabe, quizás está era una excelente oportunidad que los dioses me habían mandado por ser tan miserable en mis tristes veinticinco años de vida.
Asentí, con la mirada gacha.
—Sí, muchas gracias —un temblor involuntario le dió a mi mano cuando fui a tomar más servilletas. Mejor la dejé ahí, no sabía si temblaba de anticipación o por la vergüenza de lo que acababa de hacer. Tremenda confusión que tenía en ese momento.
Su mano, morena y firme me sostuvo del codo, guiándome por el lugar. Realmente no preste atención a nada, porque su tacto me mantenía consiente únicamente de él: su palma caliente, el agarre firme y la cercanía de su cuerpo. El olor que despedía ya era suficiente para caer rendida a sus pies. Se sentía como una droga, quería olerlo más de cerca, cerrar los ojos y no detenerme, me volvía loca. Quizás tenían razón que éramos parecidos a los animales y nos dejábamos llevar por nuestros más bajos instintos, las feromonas y el poder masculino eran tangibles justo ahora.
Maldita sea. Esto podía salirse terriblemente de control, yo normalmente no me ponía tipo LOCA por tener a un tipo cerca, es más; podía dar fe de que en todas mis citas gocé de un inexorable autocontrol. Estaba segura de que ninguno me había puesto la mente a volar, y de mandar al resto del mundo al carajo por un solo toque, ¡lo único que hacía era agarrarme del codo! No era nada tan íntimo como mi feminidad, pero aún así estaba consiguiendo que mis bragas se empapen lentamente. Y ya mi mente quería preguntarse cosas más raras.
La primera era: ”¿Y qué pasaría si me tocaba en otra parte del cuerpo?"
¡CALOOOOOOR!
¡Podría tener una combustión espontánea! Ya bien me habían dicho esas dos que tuviera cuidado en Grecia porque esos hombres eran simplemente peligrosos. Y vaya que sí, su sola presencia eclipsaba todo lo demás. Respire hondo, traté de calmarme. Me mantuve lo más controlada que pude para no saltarme encima en ese justo momento, directo a la yugular... De su miembro, quizás. Cuando llegamos a su piso y me ofreció entrar, dudé un instante.
¡Solo un instante!
Pero era por una razón que nada tenía que ver con miedo a estar encerrada con un desconocido, más bien era por la propia seguridad del susodicho. ¿Si le tocaba el paquete sería considerado acoso, verdad? ¿Y si casualmente me quitaba la ropa aquí mismo podía usar la excusa de que hacía calor y prefería quitármelo ahora que en el baño?
«Esto es tan difícil, no creo poder...», estaba pensando. Mi yo racional y el otro que le valía madres todo, tenían una pelea para tomar el poder. ¡Ojalá que ganara el lado oscuro que quería mandar todo al carajo y comer a esta tentación griega!
—¿Pasa algo? Puedo esperarte aquí si te sientes incómoda, no quiero que te imagines otras cosas o que te sientas asustada. Créeme que solamente quería que estés seca y más tranquila, noté como temblabas ahí. ¿Te da miedo estar en el ojo de la gente? —Sus dulces palabras solo consiguieron que estuviera un poco más colada por él.
—Sí, me da pánico. Que me juzguen, se rían o...
—Entiendo. Aquí estás a salvo, nadie va a reírse de ti. ¿Quieres ropa seca? Tengo unas camisas que podrían servirte. Si gustas, puedo darte un pequeño recorrido cerca para que no te pierdas nada. No tiene porque ser una velada que acabe mal y rápidamente —El apretón en mi mano fue motivo suficiente para sentirme a salvo.
Él era un hombre que me hacía sentir bien. ¿Por qué? Aunque llevábamos días hablando, acabamos de conocernos. Pero es tan atento, agradable y guapísimo. En lugar de correr lejos, simplemente respondí:
—Estaré encantada —Me mordí la lengua porque otra cosa quería salir de mi boca.
«Estaré encantada de estar contigo y verte como tu madre te trajo al mundo, papasito».
Qué bueno que tuve la
decencia de mantener aquellos pensamientos para mí, quedaría como una mujer desesperada…
Un año atrás.
Mi cuerpo me picaba entero. Justamente el día anterior había estado en los Emiratos árabes y me dió por hacerme un tratamiento extraño que sinceramente ni escuché qué tanto prometía, pero accedí para probar la experiencia: error.
Me dejó la piel hecha un desmadre. Estaba roja, irritante y escamosa. Y hoy era el bautizo de las gemelitas de Lisa y Max.
¿Por qué se me ocurrió en ese instante que era una buena idea? Mi dermatólogo bien me había advertido no hacerme ningún tratamiento invasivo del que no tuviera conocimiento. Pero ahí fui como una boba a vivir la experiencia de quedar pareciendo pollo recién matado y hervido. No fui capaz de caer en algún remedio casero y terminar de joderme la piel. La lección ya estaba aprendida.
Nada más me puse crema para aliviar la comezón, pero parecía que no me eché nada porque seguía igual. El vestido ya estaba por supuesto descartado. Era un arma mortal para mí sensible piel.
Carajo.
¿Y ahora qué? No tenía nada cómodo para ponerme. A menos que la camisa del PRI fuera una buena opción. No, no. Me negaba a dejarme vencer por mi estupidez. Busque por todo mi armario, y cuando iba a desistir, encontré algo que quizás funcionaria. Era un pantalón negro de vestir de hombre, creo que del tipo que trató de robarme y resultó robado, porque me quedé con su mochila. Me quedaba casi bien, pero tuve que atarlo con un cordón de mis tenis. La tela de algodón ayudaba muchísimo a no sentir mis piernas tan irritables.