Acomodé los gemelos de mi camisa, y me coloqué un saco azul oscuro. Agradecía tanto que mi hermano me diera un lugar en su vida, incluso sería el padrino de sus gemelas. Sonreí.
Tan preciosas, tan adorables e imposibles de no amar con todo mi corazón. Tenían unos preciosos ojitos grises como los de Max, como los míos propios. Era un elemento simbólico de que éramos familia.
Familia.
Algo que por mucho tiempo deseé, y por fin podía tenerlo. Aunque Rafael y mamá eran suficientes, Rafael tenía un padre argentino. Y la mitad de los años se la pasaba con él, así que crecí prácticamente solo. Solía imaginar lo que...