—Espera.
Antes de darle rienda suelta, ví que tomo unos condones del armario, se lo colocó. Tuve que evitar una risa para no decirle que ya era innecesario; él opto por cargarme para comenzar a follarme, brincando en el aire para profundizar esas embestidas rápida que gritaba en su oído que me diera, mordiendo su cuello y lamiendo su piel, robando en él distintos gemidos que me hicieron enloquecer.
—Eres una Diosa.
Tal vez.
Seguí moviéndome, llevando una mano entre nosotros para poder frotar mi clítoris, acelerando este desenfreno para llegar al orgasmo, poco después llego él, soltó un gruñido fuerte. Me bajó de su cuerpo para apretarme después las...