Es posible que mi hermano no haya sido un idiota después de todo, al menos pensó en su hijo.
—Ven, cargálo.
Abrí los ojos sorprendida, y comencé a negar con la cabeza. Pero Matilde me dió «la mirada», y no tuve más remedio que acercarme a hacer el intento. Me daba pavor cargar a los bebés, me pasaba lo mismo con los hijos de mis amigas. Sentía que podía tirarlos o lastimarlos.
—Oh, oh. Tranquilo, aquí está tía —coloqué bien su cabecita como había visto a muchas mamás haberlo, con cuidado. Sus ojitos estaban abiertos mirándome. Tan bonitos ojitos, como los míos. No había duda de que éste bebé era...