George y Lenis se miraron, tomándose de las manos con fuerza, enredando sus dedos, así como Seda entrelazó los suyos sintiendo el poder de cada palabra y lo que para todos significaba.
—Los anillos, por favor.
«¡Los anillos!», pensó Carla. Hasta ese instante, ese detalle pasó desapercibido para ella.
Pero Maximiliano, por supuesto, ya los tenía preparados. Y anonadada, vio cómo Peter metió las manos en el bolsillo interno de su saco y mostró luego una caja de terciopelo negra.
Max la abrió delante de ella. Las sortijas eran de diseños simples, doradas y lisas, anillos de bodas, sin embargo, parecían tener luz propia, iluminando las asombradas retinas de la...