—El señor Glint, vaya-vaya —dijo Max con tono bromista—. Es un gusto estar aquí, siempre es un gusto venir. —Regresó a su silla alta alrededor de la barra.
El dueño de aquel lugar, Daniel Glint, un empresario de treinta y cinco años, conocido como el Rey de la vida fiestera y nocturna de la ciudad, alzó la mano indicándole al barman que le sirviera una cerveza bien fría.
—No imaginé jamás verte a estas horas por acá y mucho menos solo —le dijo Daniel, quien arrastró una silla y se sentó al lado de Maximiliano—. Salud. —Alzó la botella de cerveza.
Max correspondió al brindis, chocando su vaso con la...