Chapter 5 : lo que hay detrás de un contrato.

Chapter 5 : lo que hay detrás de un contrato.

—Eres prácticamente el dueño de su empresa ahora y puedes hacer lo que quieras con ella después de un año, pero la junta directiva estipula que debes ejercer tu rol, eso solo incluye asistir a unas cuantas reuniones, me he fijado que los cargos de los demás asociados siguen en actividad. Recuerda que hablamos de un país diferente, con otras leyes muy distintas a las nuestras. Hablamos de una gente con reglas antiguas, que piensan que el jefe de una empresa debe tener un estado civil respetable…

—Tonterías…

—Debes estar casado, Max. Algo que no quieres, lo sé. Pero si no ejerces durante un año, te caerá multa por hacienda. Podrías delegar funciones, pero no sabemos qué tan confiables sean esas personas para llevar la empresa por sí sola. Si llegan a estafar, despiden existiendo inamovilidad o incumplen con cualquier ley, quien tendrá que responder ante las autoridades serás tú. Así que lo mejor es verle la cara más seria a este asunto. —Max respiraba como un toro—. Si Carla tiene o no que ver en esto, averígualo.

—Tengo que llamar a Peter. ¿Él no la había investigado? ¿Cómo es que no supimos que ella era la hija de ese tipo?

—Peter investigó a Carla Davis, no a Carla Davison. Además, estoy seguro que con todo lo que estaba sucediendo, aquella fue una investigación realizada al ras. No hubo tiempo suficiente para profundizar.

Maximiliano suspiró y se dejó caer en uno de los sillones de la pequeña sala que tenía a pocos metros de su escritorio.

George no se sentó de inmediato.

—Esto no tiene sentido… —susurró Max.

El abogado se acercó y se sentó en la orilla de un sillón frente a su amigo.

—Enfrenta a Carla, investígala. Yo te ayudaré en todo lo que necesites y blindaré documentos. Contactaré gente en Inglaterra si es preciso que me regale datos más específicos, pero conozco este tipo de empresas. Por alguna razón, Davison & Asociados se quebró. Por alguna razón fue atada a una fundación no subsidiada y por una más poderosa, fue creado este testamento. No importa. ¿Deseas construir ese hotel exclusivo? Lo conseguirás. Será la mejor inversión de tu vida, ganarás millones y no de Euros, sino de Libras. Tienes la solución en tus manos, Bastidas, solo debes cumplir por un año, casarte solo en documentos, no significa nada, siempre y cuando hables con ella —señaló hacia la puerta que atravesaron hace minutos— y le dejes bien en claro que solo deseas su parte de las acciones, que deseas comprárselas. No valen mucho, le puedes ofrecer el doble. Ella entenderá, porque ambos están atados de manos. Ni ella puede vender, ni tampoco puede comprar sin antes cumplir con la ley. Carla Davis… o Davison… no puede hacer nada a menos que ejerza su rol como presidenta de la fundación, casada, durante un año.

***

Lenis le ofreció a Carla tomarse un té relajante en la otra punta de la mesa, más cercana al ventanal que rodeaba la sala de juntas. La secretaria del CEO de esa corporación bien sabía que la calefacción apuntaba mejor en aquel rincón.

—¿Te sientes mejor?

Carla asintió, mirándola solo por un segundo, antes de regresar la vista hacia el paisaje, un horizonte repleto de edificios y vida citadina.

—Carla. —La voz de Max atravesó todo el salón, de punta a punta, así como su piel, enviando cotas de nerviosismo a su sistema.

Más allá de nervios, era preocupación. Aún no comprendía qué estaba ocurriendo y ya debía tomar decisiones drásticas. Además, estaba segura que perdería su trabajo.

—No te levantes —pidió él cuando vio que ella lo haría.

Lenis le asintió para retirarse sin tener que hablar y los dejó solos en la inmensidad de una sala de juntas en absoluto silencio.

Carla no obedeció. Se levantó se la silla y le enfrentó, dándole la espalda al vidrio.

Él solo se acercó lo suficiente, colocando la mano derecha sobre el espaldar de una de las sillas que rodeaba la mesa de reuniones. Su mano izquierda en jarras, levantando parte del saco de su traje de tres piezas color beis.

Se miraron sin decirse nada por un tiempo que pareció largo, hasta que Max decidió emitir sus preguntas, evitando mostrar la molestia que llevaba encima.

—Primero, explícame por qué ocultaste tu apellido. —Carla tragó grueso—. Puedo despedirte en un segundo por habernos mentido durante tantos años, pero te daré el beneficio de la duda.

—Max, yo… —Ella cerró sus ojos y exhaló, abriéndolos nuevamente—. Señor Bastidas —él sonrió sin gracia—, aún no comprendo qué está sucediendo…

—¿Qué no comprendes? —Él se acercó—. ¿Que eres la hija de un millonario inglés que intenta joderme hasta después de su muerte?

—Quiero que entienda, señor Bastidas, que ese hombre que se ha mencionado aquí hasta la saciedad, también intenta joderme a mí —se atrevió ella a decir, retractándose por hablarle así al hombre que podría dejarla en la calle con el chasquido de sus dedos—. Lo siento, no quise hablarse de esa forma.

—¿Por qué no me tuteas? Antes lo hacías. ¿Qué te lo impide ahora?

—Es lo correcto.

—Lo correcto… —repitió Max, acercándose más a ella.

El hombre andaba fúrico, no quería más problemas. Entre sus enemigos en la cárcel y una investigación del alcance del daño causado aún en curso, una explosión de la que aún se recuperaba y un fin de año ajetreado, luchando por recuperar una confianza financiera que perdió en puntos estratégicos de sus negocios gracias a todas las debacles vividas en meses anteriores, lo que menos quería el CEO de esa corporación era meterse en más líos. Y acababa de introducirse en uno verdaderamente complicado, atípico, inesperado. La desconfianza que le acompañó en cada camino de su vida desde que resultó ser uno de los empresarios estafados de un hombre llamado Ferit Turgut, el ex marido de su madre…, después de ciertamente ser culpado de esas mismas estafas de las que fue víctima, después de haber enfrentado la justicia, esa desconfianza hizo presencia allí, en esa sala, después de que la misma Carla le confesara quién era.

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