Chapter 4 : ¡¿Casarme con quién?!

Chapter 4 : ¡¿Casarme con quién?!

—Muy bien, pero no deseo vender nada. Más bien comprar. En este caso, en vista de lo que usted está explicando, comprar la fundación. Si las tierras están es desuso, yo podré cambiar eso…

—Excelente. ¿Imagino que deseará reabrir el museo o tal vez remodelar el lugar?

—Así es.

—Muy bien. Para ello, debe cumplir con su rol como presidente del comité empresarial durante un período de un año. Cabe destacar que los presidentes de nuestras juntas no pueden estar solteros, bien sé que ese es su estado civil…

—¿Perdón? —saltó Max, interrumpiéndolo abruptamente.

George miró la pantalla, atento.

Carla, a pesar de su estupor, no perdió detalle de las palabras compartidas entre su jefe y el abogado en Inglaterra.

—Para ejercer el rol de la empresa Davison & Asociados debe estar casado, señor Bastidas. Si desea remodelar o modificar algo de lo heredado este día, debe ejercer durante un año su presidencia y estar casado para ello. Es una cláusula dirigida para el mayor accionista. —Fiztgerald retiró la mirada de Bastidas y la dirigió hacia Carla—. El estado civil de la presidenta de la fundación también debe ser «casada», siempre y cuando desee ejercer dicho rol. Para cualquier modificación, como en este caso, una venta de las acciones, debe ejercer por un año también, señorita Davison. —El abogado los miró a ambos—. Recibirán en sus bandejas de entrada corporativa cada estatuto y artículo de las leyes de la junta directiva. Como abogado del señor Davison, siendo experto en lo que es funcional o no para la empresa, les puedo recomendar un matrimonio en conjunto, así podrán ejercer con libertad el rol presidencial y luego realizar las ventas respectivas, compras y modificaciones correspondientes, por supuesto luego de la elección de nuevo presidente.

—¿Qué acaba de decir? —Fue la voz débil de Carla la escuchada en el recinto.

Max ya se estaba riendo por la locura que aquel litigante inglés lanzó sobre esa mesa. George, en cambio, ni tan siquiera sonrió. Entendió perfectamente las famosas letras pequeñas expuestas allí.

—Señorita Carla, espero pueda viajar a nuestras tierras en cuanto le sea posible…

Esta fue la primera vez que la mencionada comprendió que todo era en serio, como si antes fuese parte de una broma de mal gusto.

Enfatizando que no lo haría, que no se casaría con nadie sin su consentimiento, se levantó y comenzó a caminar de un lado al otro.

—Carla…

George colocó una mano en el antebrazo de su cliente y amigo para callarlo, negando con su cabeza, muy serio, indicándole con eso que no dijera nada.

—La lectura del testamento ha terminado —anunció Fiztgerald, frío como el hielo—. Le recomiendo buscarse un buen abogado, señorita Davison y dígale que si requiere despejar alguna duda, me busque. Espero verla pronto por estos lares. A usted también, señor Bastidas.

La pantalla quedó en negro.

***

—Hablemos en otro lugar —pidió el abogado George J. Miller a su cliente, antes de que éste cometiera una estupidez. George se percató muy bien de las miradas furiosas que Max le profería a la asistente—. Carla, por favor, espéranos acá.

Lenis entró en ese momento a la sala de juntas y vio a su marido hacerle señas con su cabeza dirigidas hacia la mujer que dejaban sola. Ella entendió perfecto lo que George pedía: hacerse cargo de ella, que se mantuviese allí y que la ayudase en lo que necesitara.

Lenis le asintió a su esposo y se acercó a la dama que aún no regresaba del todo a la realidad.

Mientras tanto, los dos hombres pasaron al despacho del CEO a través de una puerta aledaña que conectaba ambos lugares. Max entró y George cerró la madera tras de sí.

El dueño de la corporación se volteó hacia George.

—¿Qué tan serio es todo esto?

—Aún no puedo calcularlo, pero rechazar una herencia no es un juego. Mucho menos si hablamos de una fundación protegida por el estado, así no sea subsidiada. Además, sabes lo que significa no cumplir con las leyes de una empresa que no permite la cesión, transmisión o venta de sus acciones de manera inmediata. Las multas pueden llegar a ser astronómicas.

Aún de pie, susurraban por temor a ser escuchados, cuando bien sabían que las paredes eran insonorizadas. En ese momento no recordaron nada de eso, la prudencia ganaba la partida.

—¿Qué mierda fue lo que sugirió Fiztgerald?

George alzó las cejas ante la pregunta de su amigo.

Max no quería ni decirlo.

—¿Ese hombre sugirió… que ella y yo…? —Sacó de su pecho las palabras con una risa que fue contenida, pasando su rostro de lo risorio, a lo estrambótico—. ¡¿En verdad sugirió que ella y yo nos casemos?! —Maximiliano echó dos pasos hacia atrás y no dijo nada por un par de segundos, sin perder tampoco la conexión visual con su abogado—. ¿Este circo es en serio?

—Max…

—No me jodas, George, ¡no me jodas! —exhaló con una risa carente de gracia.

El CEO se dio la vuelta y se dirigió hacia un pequeño bar. Se sirvió un fuerte bebida que ingirió de un trago.

Negó con la cabeza y pensó, profundamente, en el lío en el que estaba metido. O en el que estaría metido de impugnar el testamento.

Volvió a recargar su vaso, pero decidió beber más despacio.

—¿Cómo sabemos que Carla no tiene nada que ver en esto? —preguntó, dándose la vuelta para enfrentar a George, quien seguía de pie, con sus brazos en jarras, haciendo que las solapas de su traje desabotonado se expandiera aún más.

—No lo sé, pero debes destacar que vino sin un abogado. No tiene mucho sentido querer joder a alguien de forma legal, acudiendo al ring de batalla sin defensas.

—¡Es la hija de ese imbécil! —George apretó los dientes tras el grito—. Nos ha ocultado su apellido. —Max tomó todo el contenido y dejó el vaso sobre el pequeño bar de madera con un sonido seco—. Sabes que ese hombre estaba prácticamente quebrado, no tenía ni la mitad de lo que llegó a poseer. Imagino que ya estás pensando lo mismo que yo.

—Max, cálmate. Y baja la voz.

—¡Esta mierda es insonorizada!

George inhaló y exhaló una buena ráfaga de aire.

—Sé lo que puede entenderse de todo esto. Un hombre quebrado que le da su herencia a un contrincante en los negocios y ata a su hija a él...

—No puedo estar equivocado…

—Es un pensamiento lógico, pero existen los contratos prenupciales.

—No puedo estar equivocado…

—Por mucha boda que celebres, ella no podrá quedarse con nada tuyo, ni siquiera con la parte que has heredado de su padre.

—¿Qué mierda estás diciendo, George? ¿Boda dices? ¡¿Boda?! ¿Qué boda? ¿Quién está hablando de casarse con nadie aquí? ¡¿Casarme con quién?! Ese maldito de Davison es un retorcido y lo sabes. Siempre estuvo loco y hoy… —Gruñó para poder calmarse, mostrando los dientes, intentando controlarse—. Hoy me lo ha demostrado y vaya que lo hizo.

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