Mientras el dueño y señor de la corporación más importante de la ciudad terminaba de beberse unos cuantos tragos más, el jefe del bar, Daniel Glint, se encontraba en su oficina, la cual se ubicaba escaleras arriba, esperando una llamada muy importante.
Su oficina era espaciosa. Los colores negro, rojo y morado predominaban.
Era una zona tipo balcón, donde un panel de vidrio ahumado y templado hacía las veces de pared frontal. Desde allí podía verse el club casi a totalidad, con la estupenda ventaja que ninguno de sus clientes o empleados podían verle a él o a cualquier persona que estuviese allí dentro.
Sentado en uno de los sillones...