Luego de que ella pidiera permiso para retirarse, Maximiliano, enérgico, aún de pie sobre el impoluto suelo de mármol, sacudió sus zapatos llenos de barro, mojados y con algunas hojas pegadas a ellos, en una alfombra que daba la bienvenida a quien entrase por allí. Se bajó la capucha de la chaqueta impermeable y también la del suéter, descubriendo su cabello color castaño, removiéndolo con sus dedos para eliminar cualquier residuo que el rocío hubiese dejado.
Caminó a través del gran salón de su mansión haciendo rechinar sus zapatos deportivos sobre el hermoso material del piso. En el lugar no existía mueblería alguna. Con una sala de estar al este,...