Chapter 6 : un susto que parece no terminar

Chapter 6 : un susto que parece no terminar

—Lo correcto, Carla, hubiese sido meter tu currículo aquí con tu verdadero apellido. Estoy seguro que jamás hubiese imaginado que eras la hija de Fred. ¿Por qué ocultarte así?

—Soy una asistente senior del departamento de Protocolo de esta empresa, lo he sido por más de cinco años y creo que he hecho bien mi trabajo. No soy la hija de nadie, no soy la hija de una fortuna o de un testamento. Soy una periodista que funge funciones administrativas desde entonces, eso es lo que soy.

—¿Sabes quién es Fred Davison para mí? —Él escudriñó su mirada para ver qué lectura le daba—. Fue mi mentor en los negocios… Sí, querida Carla, mi mentor. Mi primer empleador también… y mi primer enemigo. Pero creo que eso ya lo sabías, ¿no es así? ¿Por eso armaste toda esta treta con ese tal Fiztgerald?

—¿Cómo dice?

—No sé qué pretendes. Imagino que te confabulaste con ese abogado para hacerte de la fortuna que papá no te ha dejado, ¿no es así? Claro. Dijiste, “me caso con el mayor accionista, recupero las tierras, las pongo a valer, me divorcio y me quedo con la mitad de todo”. ¿Eso es lo que planeas? ¿Y crees que se te va a cumplir?

Carla no daba crédito a tantas calumnias. Miraba a su jefe como si se estuviese volviendo loco allí mismo, frente a sus narices. Debía defenderse, quería hacerlo, pero las ganas de llorar no dejaban que la tarea fuese algo fácil de ejecutar.

—Puedo ser su empleada, esto puede ser sorpresivo para todos, tal vez ya esté despedida por haber cambiado mi apellido solo un poco, pero no voy a permitir que me hable de esa forma, que intente poner palabras en mi boca y mucho menos que me juzgue sin conocerme.

—Entonces, cuéntame por qué te conozco como Carla Davis y no como Carla Davison. Y por qué de repente se me ha sugerido ser tu marido a cambio de la obtención de una empresa que heredé ni siquiera de qué manera o por qué, cuando Fred y yo nos hicimos la vida imposible en la batalla por esas mismas tierras que él ahora ha querido cederme. Es que… ¡es una locura!

—¡Ese hombre no es mi padre!

—¿Qué estás diciendo ahora, Carla?

—Sí, lo es. ¡Lo es! Maldita sea, lo es. Lo es de sangre, pero solamente lo vi una vez en mi vida, una sola vez en persona. —Max se quedó quieto, atento a sus palabras—. Ayer me he enterado de su muerte de la forma más extraña y en la noche, recibo esa carpeta que parece una tesis entera de cómo joderle la vida a Carla Davis en un segundo.

El silencio regresó, pero ella lo quebró instantes después.

—Quiero entender qué está pasando, quiero entender por qué he heredado las acciones de un señor que lo único que hizo con la existencia de mi persona en su vida fue nada. ¡Nada! Nos dejó a mi madre y a mí desamparadas por una mujer, por la misma mujer que creó una fundación que ahora… que ahora debo dirigir porque si no lo hago, yo… si no lo hago de seguro estaré multada y qué sé yo de dinero, de multas, de leyes… qué sé yo de todo esto, cuando he tenido una vida simple y llena de carencias por todos lados.

Max no movía un solo músculo, escuchándola.

Ella se acercó a él, llevada por el dolor de los recuerdos, el peso de lo injusto y la rabia por no saber qué hacer.

—Señor Bastidas, ni siquiera tengo una defensa legal, no tengo cómo pagarla. No tengo nada ni a nadie que pueda asesorarme, porque no deseo aceptar esta farsa, este circo de mal gusto que se ha inventado ese hombre no sé con qué propósito.

Ella se alejó de él rumbo a las puertas de salida, dejándolo descolocado y rabioso.

—No hemos terminado de hablar —ladró él por lo bajo.

—Siento mucho desobedecerle, señor Bastidas, pero tengo que retirarme, no puedo estar un minuto más acá. —Tragó la sequedad de su garganta y exhaló, estresada y dolida—. Tenga por seguro que si no puedo renunciar a esa absurda herencia, será toda suya. No dirigiré la fundación de la mujer que impidió que tuviese una familia unida, mucho menos complaceré los excéntricos caprichos de mi padre casándome con un hombre que no quiero.

Se dio media vuelta y dejó a Max solo en la sala de juntas. Ese venía siendo un día tétrico para Carla, pero lo que nadie sabía era que antes, semanas antes, incluso…, ella ya empezaba a lidiar completamente sola con algo fuerte y aterrador.

***

(Dos semanas antes de la lectura del testamento).

Los quejidos de una chica se filtraron por los ductos de ventilación del gimnasio.

Carla Davis, hermosa mujer de casi cuarenta años, de cabellos negros y lacios, alta, piel clara, con rasgos levemente asiáticos, mezclados con sangre inglesa y descendencia latina, aunque lejana, se apartó del agua de la ducha para escuchar mejor el bullicio.

Era de noche, mediados diciembre. Carla ya llevaba tiempo sin poder asistir al spa, a nadar en la pileta o hacer ejercicio, por lo que esa noche prefirió quedarse más tiempo del establecido allí en el gimnasio donde siempre solía entrenar.

La ducha estaba deliciosa. Agua tibia y relajante. Pero tuvo que cerrar la llave del grifo para así poder prestar atención, quedándose absolutamente quieta, intentando comprender lo que se escuchaba en el recinto.

El eco que regalaba la quietud le permitía auscultar mejor todo. Hasta un alfiler cayendo sobre ese mismo suelo podía ser escuchado por cualquiera que estuviese a esas horas allí. Los quejidos femeninos eran constantes. Aquella voz parecía intentar que alguien la dejase en paz a como diera lugar.

Carla sintió la piel de gallina y tragó grueso.

«¿Qué está pasando? ¿Y dónde exactamente?», se preguntó ella mentalmente, mirando hacia ningún punto en específico, mientras seguía extrayendo información de la misma bulla que la tenía desesperada.

Davis, quien trabajaba como Asistente Senior en el departamento de Protocolo con conexiones internacionales de un gran consorcio de inversiones, siendo su jefe uno de los empresarios más polémicos de toda la ciudad, solía cuidar mucho el entorno donde fuese vista, cuidaba mucho los lugares que frecuentaba, a las personas con las que se relacionaba, ya que —así como sus compañeros de trabajo— era imagen de la empresa.

A parte de todas esas razones que la convirtieron en una mujer prudente, ella sabía perfectamente lo importante y beneficioso que era vivir bajo perfil, gracias a que, en los últimos meses, El Gran Jefe, como solían decirle algunos compañeros a su famoso empleador llamado Maximiliano Bastidas, experimentó una muy mala racha empresarial de la cual ella, sin quererlo, se vio involucrada. Lo que menos quería Carla era abrir brechas innecesarias. Mucho menos, sumar tétricos números a la ecuación “tranquilidad”. Pero ahora, escuchando esos gemidos extraños y lamentosos, suponiendo ella lo peor, solamente pensaba en querer averiguar, saber qué estaba sucediendo, sin tener que involucrase en nada turbio o indiscreto. Carla Davis, escuchando y escuchando, pensaba que lo que ocurría en ese edificio no era nada bueno.

Miró hacia arriba, hacia los ductos del aire acondicionado que en ese instante funcionaban como calefacción encima de las duchas.

Tomó la toalla blanca colocada sobre la mediana pared de azulejos que separaba una ducha de la otra. Comenzó a secar su cuerpo, mientras salía del cubículo pequeño y oloroso a cloro, protector solar y jabón.

Calzó sus pies dentro de unas sandalias rajadeos de goma, las mismas que solía usar cada vez que iba. Cubrió su desnudez con el paño y miró hacia el techo de nuevo, mientras echaba su cabello empapado para atrás, intentando que los mechones mojados y negros no molestasen su cara.

Justo encima de su cabeza, se encontraba unas de las tantas rejillas de ventilación de los famosos ductos y se percató que era desde allí de donde emanaba el ruido.

Comenzó a caminar hacia su derecha, sin dejar de mirar para arriba, sigilosamente, siguiendo el sonido de la mujer que parecía estar sufriendo.

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