Maximiliano arrugó mucho las cejas. Miró a Lenis como si le hubiesen salido diez cabezas.
En cambio George se enderezó. Como litigante, bien sabía que no a cualquier persona se le invitaba a la lectura de un testamento.
—¿Es ella la misma Carla Davis que trabaja para ti? —Nada más soltar esa última pregunta, y George tuvo que apretar los dientes. Era una interrogante que llevaba peso, puesto que, así como la secretaria sabía, Maximiliano y Carla ya se conocían, había enscrito una corta historia juntos que les ataba a todos, eran recuerdos de días oscuros queaún seguían frescos, eran demasiado recientes para el gusto de los tres allí presentes.
Max lo miró. Le respondería él, si Lenis no lo hubiese hecho.
—Sí, es ella. La misma mujer que nos ayudó a encarcelar a nuestro peor enemigo hace meses. Esa misma empleada se encuentra allá afuera y asegura haber sido convocada por el abogado del señor Fred Davison para la lectura del documento… —Lenis hizo silencio. Su mirada se perdió por un momento. Algo ocurrió en su cabeza al mencionar en voz alta el apellido del empresario fallecido.
Sintió en su pecho una presión, casi emoción, tal vez el advenimiento de un fuerte e importante descubrimiento —o una sospecha de ello— al concatenar dichos apelativos.
Y no fue ella sola quien sintió la llegada de una luz novedosa. Maximiliano se quedó quieto y George la miró a ella, luego a él.
—¿Esa mujer es familia de Davison? —preguntó el CEO colocándose de pie—. ¡¿Una de mis empleadas es hija de mi peor enemigo?! —lanzó Maximiliano, sin más.
Lenis salió de inmediato del despacho antes de que su jefe explotara, cerrando la puerta tras de sí.
—Carla, ¿me acompañas, por favor? —pidió la secretaria justo después de acercarse a ella en la salita.
Carla se levantó, asintió y siguió a la secretaria, dándose cuenta segundos después que llegaban a la sala de juntas.
El mundo para la asistente de Protocolo se ralentizó al ver quiénes la esperaban alrededor de la gran mesa de conferencias. En su mente lanzó una grosería que ciertamente jamás se atrevería a decir en voz alta.
Una mañana salió de su casa determinada a no perder su empleo. Ahora, vestida con un bonito pero cómodo atuendo de oficina de camisa blanca manga larga, falda negra, medias pantis negras y zapatos de tacón también negros, maquillaje tenue pero iluminado y su pelo extra lacio suelto, acudió al edificio con la premisa de esclarecer otros asuntos, no haciéndole caso a un médico que le recetaba descanso para aliviar o al menos intentar desaparecer su cuadro de estrés. Un día antes, Carla Davis no pensó jamás encontrarse allí con esas personas: George J. Miller, uno de los mejores abogados de la región, además de uno de los más aguerridos, famoso por ser quien encarceló a malhechores internacionales y cerrar con buen pie enormes negocios, y a su jefe, Maximiliano Bastidas, el dueño y fundador de ese consorcio de inversiones, además de ser el hombre que más le había intimidado en la vida.
Bastidas era, para ella y en añadidura, absolutamente guapo, con esos cuarenta años bien cumplidos, rostro hermoso, con líneas de expresión que le denotaban sabio y exigente; cabello castaño que usaba desordenadamente peinado y que allí frente a ella aún enaltecía. Ella estuvo segura que ambos se habían sentido atraídos uno por el otro en alguna ocasión, pero también era consciente que no eran el uno para el otro. Él pertenecía a un mundo muy distinto al de ella, al menos eso era de lo que ella se convencía.
Ahora la situación era distinta, parecía ser peor. La intimidación parecía ahorcarla. La desconfianza quería transformarse en furia a través de los ojos del CEO, quien no perdía detalle de cada uno de sus movimientos mientras se sentaba.
—Nos volvemos a ver, señorita Davis. Y vaya de qué forma.
Ella tragó grueso ante la bienvenida de su jefe, soltada con palabras amargas que casi la dejan sin de respiración.
—Antes de que comience esta… esta atípica reunión —continuó Max, mirándola directo al rostro—, me gustaría que nos contaras a todos aquí, la razón del porqué viniste a esta reunión privada y cómo es ese asunto particular y sorpresivo de ser convocada a esta lectura.
Directo. Sin rodeos. Carla no estaba sorprendida por eso, la pregunta de Max fue la más lógica.
Pero la respuesta que ella tenía amenazaba con descontrolarlo todo. Optó por decir la verdad, pero no directamente. Colocar cada palabra sobre un colchón que pudiese amortiguar cualquier caída era lo mejor.
—Me disculpo por no haberles saludado al llegar. —Asintió hacia el abogado y hacia Max, antes de continuar—. Estoy tan sorprendida con todo esto, así como ustedes lo están.
Colocó la gruesa carpeta sobre la mesa y sobó un par de veces el logotipo de la empresa inglesa.
—Anoche recibí esta carpeta dentro de una caja que la empresa oficial de correos de la ciudad dejó en la puerta de mi casa —tragó para calmar una repentina sequedad, algo que solía sucederle cuando estaba nerviosa o estresada— con una información que para mí es bastante insólita. Vengo aquí precisamente con una convocatoria que jamás esperé, pero también para corroborar lo que dice en esta carpeta sobre mí.
—¿Por qué sobre ti? —interrumpió Max—. ¿Por qué estás aquí?
Ella volvió a tragar, la sed era molesta.
—Porque soy la hija de Fred Davison.
Se creó un absoluto silencio en la sala después de eso.
—¿Perdón? ¿Qué acabas de decir? ¿Eres la hija de quién? —saltó Maximiliano con cara de pocos amigos y bastante asombrado. Jamás esperó ese parentesco porque, hasta donde él sabía, Fred Davison no tenía hijos.
—Caballeros… —intervino Lenis en medio del estupor. Ella sabía que George se encontraba analizando las reacciones y el lenguaje corporal de Davis, mientras seguía conectada visualmente a Max—, ya debo conectar la sala de chat. Si me disculpan…
Lenis hizo su trabajo y en tan solo segundos, todos los presentes lograron ver la imagen del abogado Fiztgerald aparecer en la pantalla.
—Muy buenas tardes. Espero se me escuche bien.
—Fuerte y claro —informó Lenis, sonriendo políticamente—. Con permiso —dijo, para retirarse.
Luego de ella salir de la sala de juntas, habló de nuevo el abogado desde Inglaterra.
—Muchas gracias por estar todos presentes...
—Señor, por favor, si me permite… —interrumpió Carla, evidentemente apenada y nerviosa—. Es usted el abogado de… del señor Davison, ¿no es así?
—Señorita Carla, siento mucho lo de su padre. —Max la miró. Ella apretó los dientes—. Me alegra mucho verla acá. ¿Ha venido con su abogado?
—Usted me ha enviado esta carpeta a mi propia casa. —La señaló—. ¿Con qué propósito?
—¿Por qué no mejor dejan las discusiones familiares para después y terminamos con este circo de una vez? —ladró Maximiliano.
—Caballeros —intervino George. Miró a Carla—, señorita… Es evidente que estamos todos muy confundidos. —Dirigió su vista a la pantalla—. Agradecería, abogado, que nos pusiera en contexto antes de la lectura del testamento de un hombre con quien mi cliente no tuvo contactos en años.
—Una de las bases de esta conexión es precisamente para eso, señor Miller. Entiendo perfectamente la confusión —dijo el representante legal del difunto—. Muy bien, procederé a explicar qué está sucediendo.