Ella asintió y se levantó.
Liderando el paso para buscarle el abrigo que él guardó en el pequeño armario de la entrada, Carla se giró para dárselo, cuando él la sorprendió, tomándola de sus manos y atrayéndola hacia sí.
—No me hables más de usted. ¿Por qué te cuesta tanto dejar de hacerlo? —susurró contundente, acercando más su cara a la de ella, cercándola, no queriéndose ir—. Si daremos a entender al mundo que somos un matrimonio real y sólido y que todo salga bien, deja de tratarme como un señor de setenta años. Mañana seremos marido y mujer, así no nos guste, así lo digan solo los papeles. Lo...